sábado, 20 de diciembre de 2008

de "Cien años de soledad", Gabriel García Márquez. Pág. 249

Taciturno, silencioso, insensible al nuevo soplo de vitalidad que estremecía la casa, el Coronel Aureliano Buendía apenas si comprendió que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad.

"Cien años de soledad", Gabriel García Márquez. Pág. 278

Era como si Dios hubiera resuelto poner a prueba toda capacidad de asombro, y mantuviera a los habitantes de Macondo en un permanente vaivén entre el alborozo y el desencanto, la duda y la revelación, hasta el extremo de que ya nadie podía saber a ciencia cierta dónde estaban los límites de la realidad.

"Cien años de soledad", Gabriel García Márquez. Pág. 314

Aureliano Segundo volvió a entregarse a ella con la fogosidad de la adolescencia, como antes, cuando Petra Costes no lo quería por ser él sino porque lo confundía con su hermano gemelo, y acostándose con ambos al mismo tiempo pensaba que Dios le había deparado la fortuna de tener un hombre que hacía el amor como si fueran dos. Era tan apremiante la pasión restaurada, que en más de una ocasión se miraron a los ojos cuando se disponían a comer, y sin decirse nada taparon los platos y se fueron a morirse de hambre y amor en el dormitorio.

domingo, 17 de agosto de 2008







de ! pecesporlaboca

http://www.flickr.com/photos/sabrinasilvestrimansilla/



Navegando por Flickr encontré estas dos bellezas: van con los títulos originales de las fotos y el link a las galerías de los autores. Les pedí permiso para compartirlas acá, pero no obtuve respuesta. Fue mi mejor esfuerzo.

de medicenmarie

http://www.flickr.com/photos/medicenmarie0/




de "El Evangelio según Jesucristo", José Saramago. Pág. 289 (en la Editorial Punto de lectura)

Desde la multitud llegó entonces una voz, Danos una prueba de que eres el Hijo de Dios y yo te seguiré, Tú me seguirás siempre si tu corazón te atrajese a mí, pero tu corazón está aprisionado en un pecho cerrado, por eso me pides una prueba que tus sentidos puedan comprender, pues bien, voy a darte ahora una prueba que dará satisfacción a tus sentidos, pero que tu cabeza rechazará, y, estando tú dividido entre tu cabeza y tus sentidos, no tendrás más remedio que venir a mí por el corazón, Quien pueda entender que entienda, yo no entiendo, dijo el hombre, Cómo te llamas, Tomás, Ven aquí, Tomás, ven conmigo hasta la orilla del agua, ven a ver cómo hago unos pájaros con este barro que cojo a manos llenas, mira, es muy fácil, formo y modelo y el cuerpo y las alas, doy forma a la cabeza y al pico, engasto estas piedrecillas, que son los ojos, ajusto las largas plumas de la cola, equilibro las patas y los dedos y, habiéndolo hecho, hago once más, aquí los tienes, uno de tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce pajarillos de barro, imagina, hasta podemos, si quieres, darles nombres, éste es Simón, éste es Tiago, éste Andrés, éste Juan, y éste si no te importa, se llamará Tomás, en cuanto a los nombres vamos a esperar que aparezcan los nombres, que los nombres muchas veces se retrasan en el camino, llegan más tarde, y mira ahora lo que hago, lanzo esta red por arriba para que los pájaros no puedan huir, si no tenemos cuidado, Quieres decir con eso que si la red fuera levantada los pájaros huirían, preguntó incrédulo Tomás, Sí, si levantamos la red, los pájaros huirían, Y ésta es la prueba con que querías convencerme, Sí y no, Cómo sí y no, La mejor prueba, pero ésa no depende de mí, sería que no levantaras tú la red y creyeras que los pájaros huirían al levantarla, Son de barro, no pueden huir, También Adán, nuestro primer padre, era de barro y tu desciendes de él, A Adán le dio la vida Dios, No dude, Tomás, y levanta la red, yo soy el Hijo de Dios, Así lo quisiste, así lo tendrás, estos pájaros no volarán, con un movimiento rápido Tomás levantó la red, y los pájaros, libres, alzaron el vuelo, dieron, entre gorjeos, dos vueltas sobre la multitud maravillada y desaparecieron en el espacio. Dijo Jesús, Mira, Tomás, tu pájaro se ha ido, y Tomás respondió, No Señor, está aquí arrodillado a tus pies, soy yo.

martes, 5 de agosto de 2008

de El Evangelio según Jesucristo, José Saramago. Pág. 289 (en la Editorial Punto de lectura)

Jesús se calzó las zapatillas empapadas y se puso de pie, haciendo que el agua saliera de entre los dedos, como si apretara una esponja. Mucho se reiría la mujer, si aquí viniera, al encontrarse con estas grotescas zapatillas, pero bien podría ser que esta risa de burla no durase mucho, cuando los ojos de ella subieran por el cuerpo de Jesús, adivinando las formas que la túnica esconde, y se detuvieran a mirar los ojos de él, doloridos por causas antiguas y ahora, por una razón nueva, ansiosos. Con pocas o ninguna palabra, el cuerpo de ella volverá a desnudarse y cuando haya sucedido lo que de estos casos siempre hay que esperar, ella le quitará las sandalias con gran cuidado, curará las heridas poniendo en cada pie un beso y envolviéndolos después, como un capullo de seda, en sus propios cabellos húmedos.

lunes, 28 de julio de 2008

de El Evangelio según Jesucristo, José Saramago. Pág. 96 (en la Editorial Punto de lectura)

Comprendió que por primera vez en su vida dudaba del sentido del mundo y, como quien renuncia a una última esperanza, dijo en voz alta, Voy a morir aquí. Tal vez estas palabras, en otros casos, si fuésemos capaces de pronunciarlas con toda fuerza y convicción, como se les supone a los suicidas, estas palabras, digo, podrían, sin dolor ni lágrimas, abrirnos, por sí solas, la puerta por donde se sale del mundo de los vivos, pero el común de los hombres padece de inestabilidad emocional, una alta nube lo distrae, una araña tejiendo su tela, un perro que persigue a una mariposa, una gallina que araña la tierra y cacarea llamando a sus hijos, o algo aún más simple, del propio cuerpo, como sentir un picor en la cara y rascarla y luego preguntarse, En qué estaba pensando.

"El Evangelio según Jesucristo", José Saramago. Pág. 96 (en la Editorial Punto de lectura)


Comprendió que por primera vez en su vida dudaba del sentido del mundo y, como quien renuncia a una última esperanza, dijo en voz alta, Voy a morir aquí. Tal vez estas palabras, en otros casos, si fuésemos capaces de pronunciarlas con toda fuerza y convicción, como se les supone a los suicidas, estas palabras, digo, podrían, sin dolor ni lágrimas, abrirnos, por sí solas, la puerta por donde se sale del mundo de los vivos, pero el común de los hombres padece de inestabilidad emocional, una alta nube lo distrae, una araña tejiendo su tela, un perro que persigue a una mariposa, una gallina que araña la tierra y cacarea llamando a sus hijos, o algo aún más simple, del propio cuerpo, como sentir un picor en la cara y rascarla y luego preguntarse, En qué estaba pensando.

jueves, 24 de julio de 2008

Sabía que vendrías

"amigos", Mínimo mundo; de Aldo Luis Noveli. En una publicación llamada Escribiendo en la Patagonia (distribución gratuita)


Juan y José nacieron en distintas ciudades.

vivieron cuarenta años sin conocerse.

una tarde cualquiera José
con el corazón inmóvil
cayó en medio del gentío.

la gente miraba al tipo tirado
y lograba esquivarlo.

Juan se detuvo
y se agachó a golpearle el pecho.

cuatro horas estuvo en eso
entre las sombras de una calle desolada
hasta que el tipo abrió los ojos:
-no sabía bien como se hacía esto... -dijo Juan.
-bueno, tuviste tiempo de aprender -balbuceó José.

desde ese día nunca más se vieron.

nunca se olvidaron.

jueves, 17 de julio de 2008

Feliz día de amor verdadero (conmemorativo de una mentira)

Atahualpa define la amistad


de Misteriosa Buenos Aires, de Manuel Mujica Lainez
XLI

El hombrecito del azulejo

1875

Los dos médicos cruzan el zaguán hablando en voz baja. Su juventud puede más que sus barbas y que sus levitas severas, y brilla en sus ojos claros. Uno de ellos, el doctor Ignacio Pirovano, es alto, de facciones resueltamente esculpidas. Apoya una de las manos grandes, robustas, en el hombro del otro, y comenta:
-Esta noche será la crisis.
-Sí -responde el doctor Eduardo Wilde-; hemos hecho cuanto pudimos.
-Veremos mañana. Tiene que pasar esta noche... Hay que esperar...
Y salen en silencio. A sus amigos del club, a sus compañeros de la Facultad, del Lazareto y del Hospital del Alto de San Telmo, les hubiera costado reconocerles, tan serios van, tan ensimismados, porque son dos hombres famosos por su buen humor, que en el primero se expresa con farsas estudiantiles y en el segundo con chisporroteos de ironía mordaz.
Cierran la puerta de calle sin ruido y sus pasos se apagan en la noche. Detrás, en el gran patio que la luna enjalbega, la Muerte aguarda, sentada en el brocal del pozo. Ha oído el comentario y en se calavera flota una mueca que hace las veces de sonrisa. También lo oyó el hombrecito del azulejo.
El hombrecito del azulejo es un ser singular. Nació en Francia, en Desvres, departamento del de Calais, y vino a Buenos Aires por equivocación. Sus manufactureros, los Fourmaintraux, no lo destinaban aquí, pero lo incluyeron por error dentro de uno de los cajones rotulados para la capital argentina, e hizo el viaje, embalado prolijamente, el único distinto de los azulejos del lote. Los demás, los que ahora acompañan el zócalo, son azules como él, con dibujos geométricos estampados cuya tonalidad se deslíe hacia el blanco del centro lechosos, pero ninguno se honra con su diseño: el de un hombrecito azul, barbudo, con calzas antiguas, gorro de duende y un bastón en la mano derecha. Cuando el obrero que ornamentaba el zaguán porteño topó con él, lo dejó aparte, porque su presencia intrusa irrumpía el friso; mas luego le hizo falta un azulejo para completar y lo colocó en un extremo, junto a la historiada cancela que separa zaguán y patio, pensando que nadie lo descubriría. Y el tiempo transcurrió sin que ninguno notara que entre los baldosines había uno, disimulado por la penumbra de la galería, tan diverso. Entraban los lecheros, los pescadores, los vendedores de escobas y plumeros hechos por los indios pampas; depositaban en el suelo sus hondos canastos, y no se percataban del menudo extranjero del zócalo. Otras veces eran señoronas de visitas las que atravesaban el zaguán y tampoco lo veían; ni lo veían las chinas crinudas que pelaban la pava a la puerta aprovechando la hora en que el ama rezaba el rosario en la Iglesia de San Miguel. Hasta que un día la casa se vendió y entre sus nuevos habitantes hubo un niño, que lo halló de inmediato.
Ese niño, ese Daniel a quien la Muerte atisba ahora desde el brocal, fue en seguida su amigo. Le apasionó el misterio del hombrecito del azulejo, de ese diminuto ser que tiene por dominio un cuadrado con diez centímetros por lado, y que sin duda vive ahí por razones muy extraordinarias y muy secretas. Le dio un nombre. Lo llamó Martinito, en un recuerdo del gaucho don Martín que le regaló un petiso cuando estuvieron en la estancia de su tío materno, en Arrecifes, y que se le parece vagamente, pues lleva como él unos largos bigotes caídos y una barba en una punta y hasta posee bastón hecho con una rama de manzano.
-¡Martinito! ¡Martinito!
El niño lo llama al despertarse, y arrastra a la gata gruñona para que lo salude. Martinito es el compañero de su soledad. Daniel se acurruca en el suelo junto a él y le habla durante horas, mientras la sombra teje en el suelo la minuciosa telaraña de la cancela, recortando sus orlas y paneles y sus finos elementos vegetales, con la medialuna del montante donde hay una pequeña lira. Martinito, agradecido a quien comparte su aislamiento, le escucha desde su silencio azul, mientras las pardas van y vienen, descalzas, por el zaguán y por el patio que es verano huele a jazmines del país y en invierno, sutilmente, al sahumerio encendido en el brasero de la sala.
Pero ahora el niño está enfermo, muy enfermo. Ya lo declararon al salir los doctores de barba rubia. Y la Muerte espera en el brocal.
El hombrecito se asoma desde su escondite y la espía. En el patio lunado, donde las macetas tienen la avidez de los espectros, y los hierros del aljibe se levantan como una extraña fuente inmóvil, la Muerte evoca las litografías del mexicano José Guadalupe Posadas, ese que tantas "calaveras, ejemplos y corridos" ilustró durante la dictadura de Porfirio Díaz, pues como en ciertos dibujos macabros del mestizo está vestida como si fuera una gran señora, que por otra parte los es.
Martinito estudia su traje negro de revuelta cola, con muchos botones y cintas, y la gorra emplumada que un moño de crespón sostiene bajo el maxilar, y estudia su cráneo terrible, más pavoroso que el de los mortales porque es la calavera de la propia Muerte y fosforece con verde resplandor. Y ve que la Muerte bosteza.
Ni un rumor se oye en la casa. El ama recomendó a todos que caminaran rozando apenas el suelo, como si fueran ángeles, para no despertar a Daniel, y las pardas se han reunido a rezar quedamente en el otro patio, en tanto que la señora y sus hermanas lloran con los pañuelos apretados sobre los labios, en el cuarto del enfermo, donde algún bicho zumba como si pidiera silencio, alrededor de la única lámpara encendida.
Martinito piensa que el niño, su amigo, va a morir, y le late el frágil corazón de cerámica. Ya nadie acudirá cantando a su escondite de zaguán; nadie le traerá los juguetes nuevos, para mostrárselos y que conversen con él. Quedará solo una vez más, mucho más solo ahora que sabe lo que es la ternura.
La Muerte, entretanto, balancea las piernas magras en el brocal poliédrico de mármol que ornan anclas y delfines. El hombrecito da un paso y abandona su cuadrado refugio. Va hacia el patio, pequeño peregrino azul que atraviesa los hierros de la cancela asombrada, apoyándose en el bastón. Los gatos a quienes trastorna la proximidad de la Muerte, cesan de maullar: es insólita la presencia del personaje que podría dormir en la palma de la mano de un chico; tan insólita como la de la enlutada mujer sin ojos. Allá abajo, en el pozo profundo, la gran tortuga que lo habita adivina que algo extraño sucede en la superficie, y saca la cabeza del caparazón.
La Muerte se hastía entre las enredaderas tenebrosas, mientras aguarda la hora fija en que se descalzará los mitones fúnebres para cumplir su función. Desprende el relojito que cuelga sobre su pecho fláccido y al que una guadaña sirve de minutero, mira la hora y vuelve a bostezar. Entonces advierte a sus pies al enano del azulejo, que se ha quitado el bonete y hace una reverencia de Francia.
-Madame la Mort...
A la Muerte le gusta, súbitamente, que le hablen en francés. Eso la aleja del modesto patio de una casa criolla perfumada de alhucema y benjuí; la aleja de la ciudad donde, a poco que se ande por la calla, es imposible no cruzarse con cuarteadores y con vendedores de empanadas. Porque esta Muerte, la Muerte de Daniel, no es la gran Muerte, como se pensará, la Muerte que las gobierna a todas, sino una de tantas Muertes, una Muerte de barrio, exactamente la Muerte del barrio de San Miguel en Buenos Aires, y al oírse dirigir la palabra en francés, cuando no lo esperaba, y por un caballero tan atildado, ha sentido crecer su jerarquía en el lúgubre escalafón. Es hermoso que la llamen a una así: "Madame la Mort." Eso la aproxima en el parentesco a otras Muertes mucho más ilustres, que sólo conoce de fama, y que aparecen junto al banquillo de los reyes agonizantes, reinas ellas mismas de corona y cetro, en el momento en que los embajadores y los príncipes calculan las amarguras y las alegrías de las sucesiones históricas.
-Madame la Mort...
La Muerte se inclina, estira sus falanges y alza a Martinito. Lo deposita, sacudiéndose como un pájaro, en el brocal.
-Al fin -reflexiona la huesuda señora- pasa algo distinto.
Está acostumbrada a que la reciban con espanto. A cada visita suya, los que pueden verla -los gatos, los perros, los ratones- huyen vertiginosamente o enloquecen la cuadra con sus ladridos, sus chillidos y su agorero maullar. Los otros, los moradores del mundo secreto -los personajes pintados en los cuadros, las estatuas de los jardines, las cabezas talladas en los muebles, los espantapájaros, las miniaturas de las porcelanas- fingen no enterarse de su cercanía, pero enmudecen como si imaginaran que así va a desentenderse de ellos y de su permanente conspiración temerosa. Y todo, ¿por qué?, ¿porque alguien va a morir?, ¿y eso? Todos moriremos; también morirá la Muerte.
Pero esta vez no. Esta vez las cosas acontecen en forma desconcertante. El hombrecito está sonriendo en el borde del brocal, y la Muerte no ha observado hasta ahora que nadie le sonriera. Y hay más. El hombrecito sonriente se ha puesto a hablar, a hablar simplemente, naturalmente, sin énfasis, sin citas latinas, sin enrostrarle esto o aquello y, sobre todo, sin lágrimas. Y ¿qué le dice?
La muerte consulta el reloj. Faltan cuarenta y cinco minutos.
Martinito le dice que comprende que su misión debe ser muy aburrida y que si se lo permite la divertirá, y antes que ella le responda, descontando su respuesta afirmativa, el hombrecito se ha lanzado a referir un complicado cuento que transcurre a mil leguas de allí, allende el mar, en Desvres de Francia. Le explica que ha nacido en Desvres, en casa de los Fourmaintraux, los manufactureros de cerámica, "rue de Poitiers", y que pudo haber sido color cobalto, o negro, o carmín oscuro, o amarillo cromo, o verde, u ocre rojo, pero que prefiere este azul de ultramar. ¿No es cierto? N'est-ce pas? Y le confía cómo vino por error a Buenos Aires y, adelantándose a las réplicas, dando unos saltitos graciosos, le describe las gentes que transitan por el zaguán: la parda enamorada del carnicero; el mendigo que guarda una moneda de oro en la media; el boticario que ha inventado un remedio para la calvicie y que, de tanto repetir demostraciones y ensayarlo en sí mismo, perdió el escaso pelo que le quedaba; el mayoral del tranvía de los hermanos Lacroze, que escolta a la señora hasta la puerta, galantemente, "comme un gentilhomme", y luego desaparece corneteando...
La Muerte ríe con sus huesos bailoteantes y mira el reloj. Faltan treinta y tres minutos.
Martinito se alisa la barba en punta y, como Buenos Aires ya no le brinda tema y no quiero nombrar a Daniel y a la amistad que los une, por razones diplomáticas, vuleve a hablar de Desvres, del bosque trémulo de hadas, de gnomos y vampiros, que los circunda, y de la montaña vecina, donde hay bastiones ruinosos y merodean las hechiceras la noche del sábado. Y habla y habla. Sospecha que a esta Muerte parroquial le agradará la alusión a otras Muertes más aparatosas, sus parientes ricas, y le relata lo que sabe de las grandes Muertes que entraron en Desvrees a caballo, hace siglos, armadas de pies a cabeza, al son de los curvos cuernos marciales, "bastante diferentes, n'est-ce pas, de la corneta del mayoral del tránguay", sitiando castillos e incendiando iglesias, con los normandos, con los ingleses, con los borgoñones.
Todo el patio se ha colmado de sangre y de cadáveres revestidos de cotas de malla. Hay desgarradas banderas con leopardos y flores de lis, que cuelgan de la cancela criolla; hay escudos partidos junto al brocal y yelmos rotos junto a las rejas, en el aldeano sopor de Buenos Aires, porque Martinito narra tan bien que no olvida pormenores. Además no está quieto ni un segundo, y al pintar el episodio más truculento introduce una nota imprevista, bufona, que hace reír a la Muerte del barrio de San Miguel, como cuando inventa la anécdota de ee general gordísimo, tan temido por sus soldados, que osó retar a duelo a Madame la Mort de Normandie, y la Muerte aceptó el duelo, y mientras este se desarrollaba ella produjo un calor tan intenso que obligó a su adversario a despojarse de sus ropas una a una, hasta que los soldados vieron que su jefe era en verdad un individuo flacucho, que se rellenaba de lanas y plumas, como un almohadón enorme para fingir su corpulencia.
La Muerte ríe como una histérica, aferrada al forjado coronamiento del aljibe.
-Y además... -prosigue el hombrecito del azulejo.
Pero la Muerte lanza un grito tan siniestro que muchos se persignan en la ciudad, figurándose que un ave feroz revolotea entre los campanarios. Ha mirado su reloj de nuevo y ha comprobado que el plazo que el destino estableció para Daniel pasó hace cuatro minutos. De un brinco se para en la mitad del patio, y se desespera. ¡Nunca, nuca había sucedido esto, desde que presta servicios en el barrio de San Miguel! ¿Qué sucederá ahora y cómo rendirá cuentas de su imperdonable distracción? Se revuelve, iracunda, trastornando el emplumado sombrero y el moño, y corre hacia Martinito. Martinito es ágil y ha conseguido, a pesar del riesgo y merced a la ayuda de los delfines de mármol adheridos al brocal, descender al patio, y escapa como un escarabajo veloz hacia su azulejo del zaguán. La Muerte lo persigue y lo alcanza en momentos en que pretende disimularse en la monotonía del zócalo. Y lo descubre, muy orondo, apoyado en el bastón, espejeantes las calzas de caballero antiguo.
-Él se ha salvado -castañetean los dientes amarillos de la Muerte-, pero tú morirás por él.
Se arranca el mitón derecho y desliza la falange sobre el pequeño cuadrado, en el que se diseña una fisura que se va agrandando; la cerámica se quiebra en dos trozos que caen al suelo. La Muerte los recoge, se acerca al aljibe y los arroja en su interior, donde provocan una tos breve al agua quieta y despabilan a la vieja tortuga ermitaña. Luego se va, rabiosa, arrastrando los encajes lúgubres. Aún tiene mucho que hacer y esta noche nadie volverá a burlarse de ella.
Los dos médicos jóvenes regresan por la mañana. En cuanto entran en la habitación de Daniel se percatan del cambio ocurrido. La enfermedad hizo crisis como presumían. El niño abre los ojos y su madre y sus tías lloran, pero esta vez de júbilo. El doctor Pirovano y el doctor Wilde se sientan a la cabecera del enfermo. Al rato, las señoras se han contagiado del optimismo que emana de su buen humor. Ambos son ingeniosos, ambos están desprovistos de solemnidad, a pesar de que el primero dicta la cátedra de histología y anatomía patológica y de que el segundo es profesor de medicina legal y toxicología, también en la Facultad de Buenos Aires. Ahora lo único que quieren es que Daniel sonría. Pirovano se acuerda del tiempo no muy lejano en que urdía chascos pintorescos, cuando era secretario del disparatado Club del Esqueleto, en la Farmacia del Cóndor de Oro, y cambiaba los letreros de las puertas, robaba los faroles de las fondas y las linternas de los serenos, echaba municiones en las orejas de los caballos de los lecheros y enseñaba insolencias a los loros. Daniel sonríe por fin y Eduardo Wilde le acaricia la frente, nostálgico, porque ha compartido esa vida de estudiantes felices, que le parece remota, soñada, irreal.
Una semana más tarde, el chico sale al patio. Alza en brazos a la gata gris y se apresura, titubeando todavía, a visitar a su amigo Martinito. Su estupor y su desconsuelo corren por la casa, al advertir la ausencia del hombrecito y que hay un hueco en lugar del azulejo extraño. Madre y tías, criadas y cocineras, se consultan inútilmente. Nadie sabe nada. Revolucionan las habitaciones, en pos de un indicio, si hallarlo. Daniel llora sin cesar. Se aproxima al brocal del aljibe, llorando, llorando, logra encaramarse y asomarse a su interior. Allá dentro todo es una fresca sombra y ni siquiera se distingue la tortuga, de modo que menos aún se ven los fragmentos del azulejo que en el fondo descansan. Lo único que el pozo le ofrece es su propia imagen, reflejada en un espejo oscuro, la imagen de un niño que llora.
El tiempo camina, remolón, y Daniel no olvida al hombrecito. Un día vienen a la casa dos hombres con baldes, cepillos y escobas. Son los encargados de limpiar el pozo, y como en cada oportunidad en que cumplen su tarea, ese día de fiesta para las pardas, a quienes deslumbra el ajetreo de los mulatos cantores que, semidesnudos, bajan a la cavidad profunda y están ahí largo espacio, baldeando y fregando. Los muchachos de la cuadra acuden. Saben que verán a la tortuga, quien sólo entonces aparece por el patio, pesadota, perdida como un anacoreta a quien de pronto trasladan a un palacio de losas en ajedrez. Y Daniel es el más entusiasmado, pero algo enturbia su alegría, pues hoy no le será dado, como el año anterior, presentar la tortuga a Martinito. En eso cavila hasta que, repentinamente, uno de los hombres grita, desde la hondura, con voz de caverna:
-¡Ahí va algo, abarájenlo!
Y el chico recibe en las manos tendidas el azulejo intacto, con su hombrecito en el medio; intacto, porque si un enano francés estampado en una cerámica puede burlar a la Muerte, es justo que también puedas burlarlas las lágrimas de un niño.Atahualpa define la amistad

jueves, 10 de julio de 2008

Iron 3



Yo también quería que la suma de nuestros corazones diera cero

jueves, 27 de marzo de 2008

Morir maravillosos corazones

Publicado el domingo 16 de marzo de 2008, en el diario Crítica de La Argentina.

<<El conde Antoine Jean-Bauptiste Marie Roger de Saint-Exupéry nació en Lyon en 1900 y empezó a escribir y a volar aviones poco después de cumplir 20 años. Piloteaba máquinas frágiles de esos años en trayectos que lo llevaron a África y a la Patagonia, y publicaba relatos aventureros que, desde el principio, tuvieron del favor público: El aviador, Vuelo nocturno, Tierra de hombres. Cuando estalló la segunda guerra mundial, Saint-Exupéry se escapó a Nueva York: allí editaría, en 1943, el libro que lo hizo más famoso. El Principito es uno de los grandes clásicos del siglo XX: fue traducido a 180 idiomas y sigue vendiendo, cada año millones de ejemplares en todo el mundo.
Pero poco después Saint-Exupéry volvió a Francia para integrarse en una escuadrilla de las fuerzas aliadas. El 31 de julio de 1944 despegó en su Lockheed Lightning para una misión de reconocimiento sobre el Mediterráneo, destinada a preparar el desembarco aliado en el sur de Francia, y nunca más se supo de él. Mucho se especuló sobre su destino; lo único cierto fue el halo de misterio y romanticismo que envolvió su muerte. Hasta 1998, cuando un pescador marsellés encontró, enredada en sus redes, una pulsera con su nombre y el de su esposa que, sin duda, le había pertenecido. Las autoridades arqueológicas francesas iniciaron la búsqueda en el mar; seis meses después encontraron restos del avión con su número de matrícula grabado. Pero nadie pudo decir por qué se había estrellado.
En 2004 Lino von Gartzen, un investigador bávaro dedicado a buscar aviones perdidos durante la guerra, tomó el caso en sus manos. Primero pudo confirmar que el Lightning de Saint-Exupéry había sido abatido por un avión alemán. Y después tardó tres años más en descubrir al piloto de ese avión que, por un azar inverosímil, seguía vivo.
"No busquen más, fui yo quien lo derribó", le dijo entonces Hors Rippert que, tras la guerra, trabajó muchos años como periodista deportivo en la televisión estatal alemana. Pero siempre se calló la boca: "Imagínense lo que habría sido mi carrera si se hubiese sabido que había sido yo", dijo ayer, en su primera declaración pública. Hors Rippert contó, en una entrevista al diario francés La Provence, que en esos días tenía 24 años y era uno de los últimos pilotos alemanes en el sudeste de Francia: Alemania estaba perdiendo la guerra y sus tropas se retiraban. Pero esa tarde le dieron la orden de despegar: el radar había detectado un avión enemigo que avanzaba hacia el sur. Al cabo de una hora de vuelo sobre el mar, Rippert no consiguió encontrarlo. Ya volvía a su base cuando vio el Lightning que volaba a 3.000 metros más abajo. Lo siguió a distancia, lo vio virar hacia tierra firme.
"Entonces me dije 'a éste, sí no se va, lo voy a bajar'", contó Hors Rippert. "Hice un picado en su dirección y tiré, no al fuselaje sino a las alas. Lo toqué. El metal se rompió: derecho al agua. Se estrelló contra el mar. Nadie saltó. Al piloto nunca lo vi. Unos días después me dijeron que era Saint-Exupéry, pero siempre esperé que no hubiera sido él. Yo lo había leído, todos adorábamos sus libros. Era tan bueno describiendo el cielo, los pensamientos y los sentimientos de los pilotos. Su obra nos despertó la vocación de volar a muchos de nosotros. Si hubiera sabido, no habría tirado: no contra él".
Rippert le explicó a Von Gartzen que desde 2004, cuando apareció el avión, esperaba llegar algún día a alguien que le preguntaría si había sido él. Y se prometió que , cuando eso sucediera, contaría la verdad.>>

fragmento del capítulo XXI de "El Principito", de Antoine de Saint-Exupéry. 1946

"Entonces apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear vínculos... "
-¿Crear vínculos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos y no te necesito para nada. Tampoco tú tienes necesidad de mí y no soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si tú me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- ¡Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zorro- por el color del trigo."

de "El sabor de la cereza" (Ta'm E Guilass). Fil iraní de 1997, escrito y dirigido por Abbas Kiarostami

<<-No conozco esta carretera.
-Yo si. Está mejor y es más bonita. He sido prisionero de este desierto durante 35 años. Te contaré algo que me ocurrió a mí. Fue justo después de casarme. Teníamos todo tipo de problemas. Estaba tan harto, que decidí acabar con todo. Una mañana, antes del amanecer, guardé una cuerda en mi coche. Lo tenía decidido, quería matarme. No lo hice por Mianeh. Eso fue en 196O. Llegué a las plantaciones de árboles de cerezas. Paré allí, estaba aun oscuro. Tiré la cuerda alrededor de un árbol, pero no encontré el lado opuesto. Lo intenté una y otra vez, pero no hubo manera. Así que subí al árbol y até la cuerda con fuerza. Entonces sentí algo suave bajo mis manos. cerezas, cerezas deliciosamente dulces. Me comí una, estaba suculenta. Luego una segunda y una tercera. De repente, me di cuenta que el sol estaba saliendo sobre la cima de la montaña. Menudo sol, menudo paisaje, todo verde! En ese mismo instante, escuché a los niños saliendo hacia la escuela. Se paraban a mirarme. Me pidieron que agitara el árbol, las cerezas caían y se las comían. Me sentí feliz. Recogí algunas cerezas para llevarlas a casa. Mi mujer seguía durmiendo, cuando se despertó, también comió cerezas, y las disfrutó. Había declinado matarme y volvía a casa con unas cerezas. Las cerezas me salvaron la vida, una cereza me salvo la vida.
-Comiste cerezas, y tu mujer también, ¿y todo se arregló?.
-No, no fue así, pero yo cambié. Después de aquello, me fue mejor, pero yo había cambiado mi forma de pensar. Me sentía mejor. Todos los hombres de la tierra
tienen problemas en su vida. Es así. Hay mucha gente en la tierra. No existe una familia sin problemas. No conozco tu problema, si no podría explicarme mejor.
Cuando vas a ver a un médico, le dices donde te duele. Perdóname, no eres Turco verdad, ¿lo eres?. Voy a contarte un chiste. No te ofendas. Un turco va a ver a un médico. Y le dice: "Cuando toco mi cuerpo con mis dedos, me duele. Cuando toco mi cabeza, me duele,toco mis piernas, me duelen. Me duele la mano, la barriga". El doctor le examina y le dice: "Tu cuerpo está bien, pero tus dedos están rotos!". Mi estimado amigo, tu mente está enferma pero no hay nada mal contigo. Cambia tu perspectiva. Yo dejé mi casa para matarme, pero una cereza me cambió. Una ordinaria cereza, simple y sin importancia. El mundo no es de la forma en que tu lo ves.
Tienes que cambiar tu perspectiva y cambiar el mundo. Se optimista. Mira las cosas de manera positiva. Estás aun en tu florecimiento! Por un simple problema menor, quieres suicidarte. Por un único problema. La vida es como un tren que siempre se mueve hacia adelante hasta que alcanza el final de su recorrido, el fin. Y la muerte espera en el fin. Por supuesto, la muerte es una solución, pero no la primera, no durante tu juventud. Perdóname por ir en tu contra durante todo este camino rocoso. Piensas que algo esta bien,y luego te das cuenta que estás equivocado. Lo principal es pensar con severidad. Piensas que lo que haces es correcto, pero de repente te das cuenta de que estás equivocado. Habla, di algo para darme un respiro. Yo ya he hablado mucho, lo he dicho todo. He dado un discurso completo. Simplemente dime algo!
-Gira aquí a la izquierda, por favor.
-De todas maneras, Si tu no hablas, seguiré yo hablando más. Sí tu no hablas, yo lo haré. ¿Has perdido toda esperanza? ¿Alguna vez has mirado al cielo al levantarte por la mañana? Al amanecer, ¿no te apetece ver salir el sol?. El rojo y amarillo del sol en el ocaso, ¿no quieres ver eso nunca más?. ¿Te has fijado en la luna?, ¿Ya no quieres ver las estrellas?. Las noches de luna llena, ¿no quieres volver a verlas? Quieres cerrar tus ojos? Por favor, ¡toma la elección correcta!. La gente que está en el otro lado desearía echar un vistazo por aquí, ¡y tu quieres apresurarte en ir allí!. ¿No deseas volver a beber agua de una cascada nunca más?, o ¿lavarte la cara en el agua?
-¡Gira a la derecha!.
-Si te fijas en las cuatro estaciones, cada una nos trae unos frutos. En verano, hay una fruta, en otoño también. El invierno nos trae también otros frutos,así como el verano. Ninguna madre puede llenar su nevera con tal variedad de frutas para sus hijos. Ninguna madre puede hacer tanto por sus hijos, como Dios hace por sus criaturas. ¿Quieres negar todo esto?. ¿Quieres dejarlo todo?. ¿Quieres abandonar el sabor de las cerezas?.>>