martes, 22 de febrero de 2011

Simplemente sucede

Era la ventana a la ciudad. El edificio en Yerbal y Rojas, el departamento de Freddy, un 17 B de 2005, parece recién, que es lo mismo que decir hace tantos años.. Y veíamos las noches desde esa ventana. con un vaso de acero inoxidable en la mano, un porro en la otra, seguíamos con la risa la ruta de pratrulla de los minipolicías. Se veía en esa época una calesita, la plaza en obras, la huerta orgázmica. Había los días de lluvia donde un cristal rayado a unos metros tachaba toda vista, las noches de nubes naranjas rápidas corriendo en el cielo violeta, la noches de techo naranja de nubes bajas, edificios resplandecindo como huesos en campo abierto esas tardes de ciudad lavada a la mañana. El tren entraba a la madrugada al cuarto de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, acompañando a su orquesta de durmientes y metales la campanita del paso nivel por si alguien tuviera duda de que se trataba de la formación avanzando. Cielos y edificios. Escuchábamos titilar las lucecitas de las antenas sincronizadas con las campanitas de la música. No alarms and no surprises, las lucecitas ahí y allá la cantaban también. Luces celestes se volvían.
Los cazadores de señales aseguran que cada vez que brilla una de esas estrellitas rojas algo hermoso está pasando an algún lugar del mundo.



de La insoportable levedad del ser, Milan Kundera

¿Pero un acontecimiento no es tanto más significativo y privilegiado cuantas más casualidades sean necesarias para producirlo? Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje. Lo que ocurre necesariamente, lo esperado, lo que se repite todos los días, es mudo. Sólo la casualidad nos habla. Tratamos de leer en ella como leen las gitanas las figuras formadas por el poso del café en el fondo de la taza.
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No es la necesidad, sino la casualidad, la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento, como los pájaros hacia los hombros de San Francisco de Asís.
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Nuestra vida cotidiana es bombardeada por casualidades, más exactamente por encuentros casuales de personas y acontecimientos a los que se llama coincidencias. Coincidencia significa que dos acontecimientos inesperados ocurren al mismo tiempo, que se encuentran: Tomás aparece en el restaurante y al mismo tiempo suena la música de Beethoven. La gente no se percata de la inmensa mayoría de estas coincidencias. Si en el restaurante estuviera el carnicero local en lugar de Tomás, Teresa no se hubiera dado cuenta de que en la radio sonaba Beethoven (aunque el encuentro entre Beethoven y un carnicero es también una interesante coincidencia). Sin embargo, el amor, que se estaba aproximando, había exacerbado su sentido de la belleza y ella ya nunca olvidará aquella música. Cada vez que la oiga se conmoverá. Todo lo que ocurra en ese momento a su alrededor estará iluminado por aquella música y se hará hermoso.
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puede parecer muy «novelada». De acuerdo, pero con la condición de que la palabra «novelado» no se entienda en el sentido de «inventado», «artificial», «que no se parece a la vida». Porque es precisamente así como se componen las vidas humanas.


de Crónica de un iniciado, Abelaro Castillo

Una de esas conversaciones caóticas y disparatadas que son como tanteos o como señales luminosas emitidas en la oscuridad por dos que se buscan, cuando uno ya siente que se orienta hacia el otro, que se aproxima al centro de la otra incógnita. Una especie de juego en que la carta mágica puede aparecer en cualquier momento. Hay que estar muy alerta. Una palabra aparentemente casual o un gesto imperceptible: pequeños datos que luego se utilizarán para insistir en esa dirección o para cambiar de rumbo. Como cuando las fogatas de San Pedro y San Pablo, pensé esa noche, o pienso ahora, como perseguir un rostro en esas romerías de pueblo en las que me deslumbraba una muchacha desconocida y la buscaba guiándome por su vestido o el de sus compañeras, por alguien que va delante o detrás de ella hasta que en cualquiera de las vueltas el orden se desbarata y la muchacha ya no aparece detrás de quien debió aparecer. Se habla del sexo o de los sueños. Se habla del comunismo o de Bob Dylan o de Dios. Cada uno teme exagerar la importancia de esas pálidas señales y las palabras se dejan caer ambiguamente, de modo que al primer dato adverso un gesto o una pequeña aclaración puedan cambiar por completo el significado de lo que acabamos de decir, aunque es preciso demostrar que se tienen ciertas convicciones, para que el otro, que acaso piensa lo contrario, no diga sin querer algo que pueda estropearlo todo.
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y me di cuenta de que sin saberlo te había atribuido estúpidamente una importancia decisiva en mi vida. ¿Era ridículo? Y hasta algo peor que ridículo. Lo único que había entre nosotros eran unas cuántas palabras la noche anterior, la mitad de las cuales no significaban nada, algún roce casual, tu cara en un sueño.
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Hacen falta muchas casualidades adversas para acabar con los hombres que tienen un destino.

jueves, 13 de enero de 2011

Presagio de carnaval, Liliana Bodoc. Pág. 32

-Tu padre precisaba tener dos nombres para que no lo mataran -le decía su madre.
Y susurraba una palabra: guerrillero.
La mujer había amado al guerrillero sin entenderlo, sin creerle. Sólo esperaba pacientemente a que él terminara sus largas explicaciones sobre el mundo. Claro que, a veces, se cansaba y entonces se desprendía la blusaen medio de la lucha de clases y lo besaba despacio, obligándolo a postergar la reforma agraria.