domingo, 5 de agosto de 2018

de "Los Piciciegos", Fogwill

Pàg 115

"Pero pelear, pelear, en realidad, nadie sabía. El Ejército toma soldados
buenos, les enseña más o menos a tirar, a correr, a limpiar el equipo,
y con suerte les enseña a clavar bien la bayoneta, y viene la guerra y te
enteras de que se pelea de noche, con radios, radar, miras infrarrojas y
en el oscuro y que lo único que vos sabes hacer bien, que es correr, no se
puede llevar a la práctica porque atrás tuyo, los de tu propio regimiento
habían estado colocando minas a medida que avanzabas. Y las minas
son lo peor que hay.

Va la oveja. Olfatea nerviosa. Siente que hay un cristiano cerca. Se hace
la idea: “Éste me garcha, me pela la lana o me degüella para comer”.
Tiene miedo. Se hace la distraída. Camina despacito para el lado donde
va el viento... Muerde uno o dos pastitos para disimular, para que no la
noten yéndose. Pone el hocico contra el viento. Olisquea. A cien metros,
antes de oscurecer, el humano la nota que está oliendo. Come ella dos
o tres yuyos más y sigue toda disimulo hasta que de repente calcula que
ya tiene distancia y se larga a correr.
Allí en las islas, las ovejas corren más que los perros y dan saltos.
Saltan un alambrado así como así, ¡plac! Suben en el aire y saltan. Y el
humano, de lejos, mira la oveja y piensa: “¡Qué animal más boludo: lo
único que sabe es rajar!”. Y la sigue mirando un rato, por mirar algo, a
falta de otro entretenimiento mientras espera que se haga oscuro para
volver al refugio y de repente el fogonazo: ¡Pac! Sucedió que abajo de la
oveja había una mina y al rozarla ella se hizo como si el sol saliera, una
luz fuertísima. En ese momento se la ve completa todavía en el aire, a la
oveja. En el aire encoge las patas, levanta la cabeza y mira atrás retorciendo
el cuello que se vuelve como de jirafa altanera y está volando
alto en el aire ella y recién después revienta, justo cuando el humano
escucha el ruido de la mina, esa explosión que la oveja bien debe haber
oído primero. Recién entonces se empieza a deshacer la oveja: sigue la
cabeza para un lado, una pata se va para el otro, un costillar con la lana
chamuscada para el otro, y el lomo –la piel del lomo es lo que menos le
quemó el fogonazo– queda liviana sin oveja, sigue flotando por el aire
como un tapado sin dueño y tarda bastante más en volver a tocar el suelo
que los otros pedazos de la oveja carneada en seco por una mina."

Pàg. 131

"¡Mamá! No hubo pichi al que no se oyera alguna vez decir “mamá” o “mamita”. Despiertos, o dormidos, todos lo dijeron alguna vez. Uno salía al frío, sentía el golpe del frío contra la cara o en la garganta o en la espalda al respirar y le salía “mamita” o “mamá” de puro miedo al frío. Otro volvía, pasaba al calor, y le salía “mamá” de sólo pensar que al rato se le iba a ir él dolor de los huesos que le había colocado él frío. Alguno habrá pensado en la madre –o todos– pero cuando decían “mamá” o “mamita”, despiertos o dormidos, no habrían estado pensando en la propia madre de ellos. Era la palabra madre nomás. Si hubo uno –alguno habría– criado guacho, sin madre, igual se le escapaba la palabra, o andaría soñando la palabra mamá. Mamá de frío, de contento, mamá de calor, de sueño, o mamá de cansancio o de descanso grande, como cuando uno se llegaba al calor, se quitaba el gabán y le convidaban un vaso grande de Tres Plumas y medio se mamaba."