El régimen que les imponía a todos, tanto en la paz como en la guerra, no sólo era el de una disciplina heroica sino el de una lealtad que casi requería los auxilios de la clarividencia. Eran hombres de guerra, aunque no de cuartel, pues habían combatido tanto que apenas si habían tenido tiempo de acampar. Había de todo, pero el núcleo de los que hicieron la independencia más cerca del general eran la flor de la aristocracia criolla, educados en las escuelas de los príncipes. Habían vivido peleando de un lado para otro, lejos de sus casas, de sus mujeres, de sus hijos, lejos de todo, y la necesidad los había vuelto políticos y hombres de gobierno. Todos eran venezolanos, salvo Iturbide y los edecanes europeos, y casi todos eran parientes sanguíneos o políticos del general: Fernando, José Laurencio, los Ibarra, Briceño Méndez. Los vínculos de clase o de sangre los identificaban y los unían.
Uno era distinto: José Laurencio Silva, hijo de la comadrona del pueblo de El Tinaco, en los Llanos, y de un pescador del río. Por su padre y por su madre era moreno oscuro, de la clase disminuida de los pardos, pero el general lo había casado con Felicia, otra de sus sobrinas. Hizo su carrera desde recluta voluntario en el ejército libertador a los dieciséis años, hasta general en jefe a los cincuenta y ocho, y sufrió más de quince heridas graves y numerosas leves de diversas armas en cincuenta y dos acciones de casi todas las campañas de la independencia. La única contrariedad que le causó su condición de pardo fue el ser rechazado por una dama de la aristocracia local en un baile de gala. El general pidió entonces que repitieran el valse, y lo bailó con él.
viernes, 6 de noviembre de 2009
"El último encuentro", Sándor Márai. Pág. 61
El general se vistió. Se vistió solo: primero sacó su uniforme de gala del armario, y lo estuvo observando durante un tiempo. Hacía una década que no se había puesto el uniforme. Abrió un cajón, buscó sus condecoraciones, estuvo contemplando las medallas guardadas en estuches forrados en seda roja, blanca y verde. Al tener en la mano aquellas medallas de bronce, de plata y de oro, aparecieron ante sus ojos las imágenes de un puente sobre el río Dniéper, de un desfile militar en Viena. de una recepción en el castillo de Buda. Se encogió de hombros. ¿Qué le había dado la vida? Obligaciones y vanidad. Volvió a guardar en el cajón las condecoraciones, sin darle importancia al gesto, como el jugador de cartas que al final de la partida devuelve las fichas de colores que ya no le son útiles.
jueves, 6 de agosto de 2009
de cerca me miras
de El gran Gatsby. Francis Scott Fitzgerald. Pág. 128-130
-Quizá conozca usted a esa señorita -Gatsby se refería a una hermosísima mujer orquídea, apenas humana, sentada con gran pompa bajo un ciruelo blanco. Tom y Daisy la contemplaron con esa sensación particularmente irreal que acompaña el acto de reconocer a una celebridad cinematográfica puramente fantasmal hasta entonces.
-Es preciosa -dijo Daisy.
-El que se inclina sobre ella es su director.
(...)
Así era todo. Casi lo último que recuerdo era que Daisy y yo estábamos de pie contemplando al director de cine y a su Estrella. Seguían bajo el ciruelo blanco y sus rostros estaban separados por un pálido rayo de luna casi inexistente. Se me ocurrió que el director había pasado toda la noche inclinándose lentamente hacia ella para alcanzar aquella proximidad, y mientras aún los contemplaba vi cómo se agachaba una última milésima y le besaba en la mejilla.
-Quizá conozca usted a esa señorita -Gatsby se refería a una hermosísima mujer orquídea, apenas humana, sentada con gran pompa bajo un ciruelo blanco. Tom y Daisy la contemplaron con esa sensación particularmente irreal que acompaña el acto de reconocer a una celebridad cinematográfica puramente fantasmal hasta entonces.
-Es preciosa -dijo Daisy.
-El que se inclina sobre ella es su director.
(...)
Así era todo. Casi lo último que recuerdo era que Daisy y yo estábamos de pie contemplando al director de cine y a su Estrella. Seguían bajo el ciruelo blanco y sus rostros estaban separados por un pálido rayo de luna casi inexistente. Se me ocurrió que el director había pasado toda la noche inclinándose lentamente hacia ella para alcanzar aquella proximidad, y mientras aún los contemplaba vi cómo se agachaba una última milésima y le besaba en la mejilla.
miércoles, 5 de agosto de 2009
por debajo de la que mi mano te dibuja
de Diario de un mal año. J. M. Coetzee. Pág. 191
"En la pared de una habitación de hotel de Burnie, Tasmania, un póster: las calles de París, 1950; un hombre y una mujer jóvenes en el acto de besarse, el momento captado en blanco y negro por el fotógrafo Robert Doisneau. El beso parece ser espontáneo. Una oleada de sentimiento se ha apoderado de los jóvenes en pleno movimiento: el brazo derecho de la mujer no devuelve (todavía no) el abrazo del hombre, sino que pende libre, con una curvatura en el codo que es exactamente el reverso del abultamiento de su seno.
Su beso no es sólo de pasión: con ese beso se anuncia el mismo amor. Uno puede reconstruir más o menos la historia de la pareja. Son estudiantes. Han pasado la noche juntos, su primera noche, se han despertado abrazados. Ahora tienen que ir a clase. En la acera, en medio de la muchedumbre matinal, de repente el corazón del chico se siente inundado de ternura. También el de ella, ella está dispuesta a entregarse a él un millar de veces. Así que se besan.En cuanto a los transeúntes y a la cámara que está al acecho, no podrían importarles menos. De ahí, "París, ciudad del amor". Pero podría suceder en cualquier parte, esa noche de amor, ese arrebato de sentimiento, ese beso. Incluso podría haber sucedido en Burnie. Podría haber sucedido en este mismo hotel, sin que nadie se percatara ni lo recordara, salvo los amantes. (...)"

Le baiser de l’hôtel de ville. Robert Doisneau (1950) http://www.robertdoisneau.com/largehotelkiss.htm
Para amarlo entero: http://www.robertdoisneau.com/
y a los buchones de Françoise Bornet y Jacques Carteaud, pitocatalán! A nadie debiera importarle realmente si fue una puesta. Haber encontrado esa escena espontáneamoente sólo convertiría al fotógrafo en una persona muy afortunada. Y en todo caso los más queremos creernos que estaba justo ahí cuando vio el universo converger en ese beso
"En la pared de una habitación de hotel de Burnie, Tasmania, un póster: las calles de París, 1950; un hombre y una mujer jóvenes en el acto de besarse, el momento captado en blanco y negro por el fotógrafo Robert Doisneau. El beso parece ser espontáneo. Una oleada de sentimiento se ha apoderado de los jóvenes en pleno movimiento: el brazo derecho de la mujer no devuelve (todavía no) el abrazo del hombre, sino que pende libre, con una curvatura en el codo que es exactamente el reverso del abultamiento de su seno.
Su beso no es sólo de pasión: con ese beso se anuncia el mismo amor. Uno puede reconstruir más o menos la historia de la pareja. Son estudiantes. Han pasado la noche juntos, su primera noche, se han despertado abrazados. Ahora tienen que ir a clase. En la acera, en medio de la muchedumbre matinal, de repente el corazón del chico se siente inundado de ternura. También el de ella, ella está dispuesta a entregarse a él un millar de veces. Así que se besan.En cuanto a los transeúntes y a la cámara que está al acecho, no podrían importarles menos. De ahí, "París, ciudad del amor". Pero podría suceder en cualquier parte, esa noche de amor, ese arrebato de sentimiento, ese beso. Incluso podría haber sucedido en Burnie. Podría haber sucedido en este mismo hotel, sin que nadie se percatara ni lo recordara, salvo los amantes. (...)"

Le baiser de l’hôtel de ville. Robert Doisneau (1950) http://www.robertdoisneau.com/largehotelkiss.htm
Para amarlo entero: http://www.robertdoisneau.com/
y a los buchones de Françoise Bornet y Jacques Carteaud, pitocatalán! A nadie debiera importarle realmente si fue una puesta. Haber encontrado esa escena espontáneamoente sólo convertiría al fotógrafo en una persona muy afortunada. Y en todo caso los más queremos creernos que estaba justo ahí cuando vio el universo converger en ese beso
martes, 7 de abril de 2009
"El lobo estepario", Hermann Hesse. Pág. 113
Ella era la pequeña ventanita, el minúsculo agujero luminoso en mi sombría cueva de angustia. Era la redención, el camino de la liberación. Ella tenía que enseñarme a vivir o enseñarme a morir; ella, con su mano segura y bonita, tenía que tocar mi corazón entumecido, para que al contacto de la vida floreciera o se deshiciese en cenizas.
domingo, 11 de enero de 2009
"La muerte de Artemio Cruz", Carlos Fuentes. Pág. 302
tú inventarás y medirás un tiempo que no existe,
tú sabrás, discernirás, enjuiciarás, calcularás, imaginarás, prevendrás, acabarás por pensar lo que no tendrá otra realidad que la creada por tu cerebro, aprenderás a dominar tu violencia para dominar la de tus enemigos: aprenderás a frotar dos maderos hasta incendiarlos porque necesitarás arrojar una tea a la entrada de tu cueva y espantar a las bestias que no te distinguirán, que no diferenciarán tu carne de la carne de otras bestias y tendrás que construir mil templos, dictar mil leyes, escribir mil libros, adorar mil dioses, pintar mil cuadros, fabricar mil máquinas, dominar mil pueblos, romper mil átomos para volver a arrojar tu tea encendida a la entrada de la cueva,
y harás todo eso porque piensas, porque habrás desarrollado una congestión nerviosa en el cerebro, una red espesa capaz de obtener información y trasmitirla del frente hacia atrás: sobrevivirás, no por ser el más fuerte, sino por el azar oscuro de un universo cada vez más frío, en el que sólo sobrevivirán los organismos que sepan conservar la temperatura de su cuerpo frente a los cambios del medio, los que concentren esa masa nerviosa frontal y puedan predecir el peligro, buscar el alimento, organizar su movimiento y dirigir su nado en el océano redondo, proliferante, atestado de los orígenes: quedarán en el fondo del mar las especies muertas y perdidas, tus hermanas, millones de hermanas que no emergieron del agua con sus cinco estrellas contráctiles, sus cinco dedos clavados en la otra orilla, en la tierra firme, en las islas de la aurora: emergerás con la amiba, el reptil y el pájaro cruzados: las aves que
se arrojarán de las nuevas cimas para estrellarse en los nuevos abismos, aprendiendo en el fracaso, mientras los reptiles ya vuelen y la tierra se enfríe: sobrevivirás con las aves protegidas de plumas, arropadas por la velocidad de su calor, mientras los reptiles fríos duerman, invernen y al cabo mueran y tú clavarás las pezuñas en la tierra firme, en las islas de la aurora, y sudarás como un caballo, y treparás a los árboles nuevos con tu temperatura constante y descenderás con tus células cerebrales diferenciadas, tus funciones vitales automatizadas, tus constantes de hidrógeno, azúcar, calcio, agua, oxígeno: libre para pensar más allá de los sentidos inmediatos y las necesidades vitales
descenderás con tus diez mil millones de células cerebrales, con tu pila eléctrica en la cabeza, plástico, mutable, a explorar, satisfacer tu curiosidad, proponerte fines, realizarlos con el menor esfuerzo, evitar las dificultades, prever, aprender, olvidar, recordar, unir ideas, reconocer formas, sumar grados al margen dejado libre por la necesidad, restar tu voluntad a las atracciones y rechazos del medio físico, buscar las condiciones favorables, medir la realidad con el criterio de lo mínimo, desear secretamente lo máximo, no exponerte, sin embargo, a la monotonía de la frustración:
acostumbrarte, amoldarte a las exigencias de la vida en común:
desear: desear que tu deseo y el objeto deseado sean la misma cosa; soñar en el cumplimiento, en la identificación sin separaciones del deseo y lo deseado:
reconocerte a ti mismo:
reconocer a los demás y dejar que ellos te reconozcan: y saber que te opones a cada individuo, porque cada individuo es un obstáculo más para alcanzar tu deseo:
elegirás, para sobrevivir elegirás, elegirás entre los espejos infinitos uno solo, uno solo que te reflejará irrevocablemente, que llenará de una sombra negra los demás espejos, los matarás antes de ofrecerte, una vez más, esos caminos infinitos para la elección:
decidirás, escogerás uno de los caminos, sacrificarás los demás: te sacrificarás al escoger, dejarás de ser todos los otros hombres que pudiste haber sido, querrás que otros hombres -otro- cumplan por ti la vida que mutilaste al elegir: al elegir sí, al elegir no, al permitir que no tu deseo, idéntico a tu libertad, te señalara un laberinto sino tu interés, tu miedo, tu orgullo:
temerás al amor, ese día:
pero podrás recuperarlo: reposarás con los ojos cerrados, pero no dejarás de ver, no dejarás de desear, porque así harás tuya la cosa deseada: la memoria es el deseo satisfecho
hoy que tu vida y tu destino son la misma cosa.
tú sabrás, discernirás, enjuiciarás, calcularás, imaginarás, prevendrás, acabarás por pensar lo que no tendrá otra realidad que la creada por tu cerebro, aprenderás a dominar tu violencia para dominar la de tus enemigos: aprenderás a frotar dos maderos hasta incendiarlos porque necesitarás arrojar una tea a la entrada de tu cueva y espantar a las bestias que no te distinguirán, que no diferenciarán tu carne de la carne de otras bestias y tendrás que construir mil templos, dictar mil leyes, escribir mil libros, adorar mil dioses, pintar mil cuadros, fabricar mil máquinas, dominar mil pueblos, romper mil átomos para volver a arrojar tu tea encendida a la entrada de la cueva,
y harás todo eso porque piensas, porque habrás desarrollado una congestión nerviosa en el cerebro, una red espesa capaz de obtener información y trasmitirla del frente hacia atrás: sobrevivirás, no por ser el más fuerte, sino por el azar oscuro de un universo cada vez más frío, en el que sólo sobrevivirán los organismos que sepan conservar la temperatura de su cuerpo frente a los cambios del medio, los que concentren esa masa nerviosa frontal y puedan predecir el peligro, buscar el alimento, organizar su movimiento y dirigir su nado en el océano redondo, proliferante, atestado de los orígenes: quedarán en el fondo del mar las especies muertas y perdidas, tus hermanas, millones de hermanas que no emergieron del agua con sus cinco estrellas contráctiles, sus cinco dedos clavados en la otra orilla, en la tierra firme, en las islas de la aurora: emergerás con la amiba, el reptil y el pájaro cruzados: las aves que
se arrojarán de las nuevas cimas para estrellarse en los nuevos abismos, aprendiendo en el fracaso, mientras los reptiles ya vuelen y la tierra se enfríe: sobrevivirás con las aves protegidas de plumas, arropadas por la velocidad de su calor, mientras los reptiles fríos duerman, invernen y al cabo mueran y tú clavarás las pezuñas en la tierra firme, en las islas de la aurora, y sudarás como un caballo, y treparás a los árboles nuevos con tu temperatura constante y descenderás con tus células cerebrales diferenciadas, tus funciones vitales automatizadas, tus constantes de hidrógeno, azúcar, calcio, agua, oxígeno: libre para pensar más allá de los sentidos inmediatos y las necesidades vitales
descenderás con tus diez mil millones de células cerebrales, con tu pila eléctrica en la cabeza, plástico, mutable, a explorar, satisfacer tu curiosidad, proponerte fines, realizarlos con el menor esfuerzo, evitar las dificultades, prever, aprender, olvidar, recordar, unir ideas, reconocer formas, sumar grados al margen dejado libre por la necesidad, restar tu voluntad a las atracciones y rechazos del medio físico, buscar las condiciones favorables, medir la realidad con el criterio de lo mínimo, desear secretamente lo máximo, no exponerte, sin embargo, a la monotonía de la frustración:
acostumbrarte, amoldarte a las exigencias de la vida en común:
desear: desear que tu deseo y el objeto deseado sean la misma cosa; soñar en el cumplimiento, en la identificación sin separaciones del deseo y lo deseado:
reconocerte a ti mismo:
reconocer a los demás y dejar que ellos te reconozcan: y saber que te opones a cada individuo, porque cada individuo es un obstáculo más para alcanzar tu deseo:
elegirás, para sobrevivir elegirás, elegirás entre los espejos infinitos uno solo, uno solo que te reflejará irrevocablemente, que llenará de una sombra negra los demás espejos, los matarás antes de ofrecerte, una vez más, esos caminos infinitos para la elección:
decidirás, escogerás uno de los caminos, sacrificarás los demás: te sacrificarás al escoger, dejarás de ser todos los otros hombres que pudiste haber sido, querrás que otros hombres -otro- cumplan por ti la vida que mutilaste al elegir: al elegir sí, al elegir no, al permitir que no tu deseo, idéntico a tu libertad, te señalara un laberinto sino tu interés, tu miedo, tu orgullo:
temerás al amor, ese día:
pero podrás recuperarlo: reposarás con los ojos cerrados, pero no dejarás de ver, no dejarás de desear, porque así harás tuya la cosa deseada: la memoria es el deseo satisfecho
hoy que tu vida y tu destino son la misma cosa.
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