viernes, 6 de noviembre de 2009

"El general en su laberinto", Gabriel Gacía Márquez. Pág. 95

El régimen que les imponía a todos, tanto en la paz como en la guerra, no sólo era el de una disciplina heroica sino el de una lealtad que casi requería los auxilios de la clarividencia. Eran hombres de guerra, aunque no de cuartel, pues habían combatido tanto que apenas si habían tenido tiempo de acampar. Había de todo, pero el núcleo de los que hicieron la independencia más cerca del general eran la flor de la aristocracia criolla, educados en las escuelas de los príncipes. Habían vivido peleando de un lado para otro, lejos de sus casas, de sus mujeres, de sus hijos, lejos de todo, y la necesidad los había vuelto políticos y hombres de gobierno. Todos eran venezolanos, salvo Iturbide y los edecanes europeos, y casi todos eran parientes sanguíneos o políticos del general: Fernando, José Laurencio, los Ibarra, Briceño Méndez. Los vínculos de clase o de sangre los identificaban y los unían.
Uno era distinto: José Laurencio Silva, hijo de la comadrona del pueblo de El Tinaco, en los Llanos, y de un pescador del río. Por su padre y por su madre era moreno oscuro, de la clase disminuida de los pardos, pero el general lo había casado con Felicia, otra de sus sobrinas. Hizo su carrera desde recluta voluntario en el ejército libertador a los dieciséis años, hasta general en jefe a los cincuenta y ocho, y sufrió más de quince heridas graves y numerosas leves de diversas armas en cincuenta y dos acciones de casi todas las campañas de la independencia. La única contrariedad que le causó su condición de pardo fue el ser rechazado por una dama de la aristocracia local en un baile de gala. El general pidió entonces que repitieran el valse, y lo bailó con él.

"El último encuentro", Sándor Márai. Pág. 61

El general se vistió. Se vistió solo: primero sacó su uniforme de gala del armario, y lo estuvo observando durante un tiempo. Hacía una década que no se había puesto el uniforme. Abrió un cajón, buscó sus condecoraciones, estuvo contemplando las medallas guardadas en estuches forrados en seda roja, blanca y verde. Al tener en la mano aquellas medallas de bronce, de plata y de oro, aparecieron ante sus ojos las imágenes de un puente sobre el río Dniéper, de un desfile militar en Viena. de una recepción en el castillo de Buda. Se encogió de hombros. ¿Qué le había dado la vida? Obligaciones y vanidad. Volvió a guardar en el cajón las condecoraciones, sin darle importancia al gesto, como el jugador de cartas que al final de la partida devuelve las fichas de colores que ya no le son útiles.