Hace unos veinticinco años, ávido de guía, le pregunté a Milly qué es el amor. Él tenía la boca llena de un enorme bocado de sánguche de mortadela pero alcanzó a contestar: un sentimiento. Ese año confié mucho en sus palabras, y un día me dijo de García Márquez: es un escritor comercial. No estaba comiendo nada cuando lo dijo.
Después de tanto tiempo, a las cuatro y media de cualquier mañana en cuarentena, y a punto de comer mi propio sánguche de mortadela, puedo contestar yo también, y habiéndolo verificado empíricamente: el amor es un sentimiento.
No estoy seguro, sin embargo, qué quiere decir que García Márquez es un escritor comercial, ni si lo es en verdad, ni qué implica que lo sea. Pero cuando me lo dijo aquella vez, me desanimó a leer sus libros, al punto que habiendo disfrutado tres de ellos, no me permitía admitirlo. En 2007, que es el único año del que tengo fecha certera, porque Freddy me dijo "te vas a acordar siempre del 2007 porque fue el año que pintaste la casa de Sam", fue también un año de trabajar escuchando FM La Tribu, y escuché a Ezequiel Ávalos, a quien aún no conocía, leer el primer párrafo de un libro de García Márquez, que hacía referencia a Cien años de soledad. Me sentí invitado a cuestionar el prejuicio, y en un viaje de trabajo tuve el inmenso placer de embrollarme en esa historia.
García Márquez es un escritor de la concha de la lora, como se decía en mi época para reconocer un genio desmesurado, por ejemplo. Con gran oficio nos mete en una película de época, no pasea por su universo, con su espacio y tiempo, y el tiempo lo maneja él y va y viene y lo ralenta o acelera o lo para. Es tan encantador, que me hizo leer un libro que se llama Crónica de una muerte anunciada, donde desde el título me advierte, me anuncia, que habrá una muerte, y la narra al comienzo de la historia, por lo que uno tiene conocimiento sobre un final inequívoco, pero no hay otra forma de avanzar las últimas y desesperadas páginas sin anhelar que lo que es inevitable y ya ha sido narrado no suceda.
Acabo de terminar de leer El amor en los tiempos de cólera. El final me asaltó: la malintencionada edición de RBA incluye cuatro hojas en blanco (nueve carillas que podrían haber sido un rato más de viaje). Me salió una risa más lágrimas porque soy sensible a los amores épicos y me dieron ganas de compartir con todo el mundo la alegría de García Márquez. Dejo un fragmentito no espoileante para quien no haya leído esta joya
"El amor en los tiempos de cólera¨
"Navegaban muy despacio por un río sin orillas que se dispersaba entre playones áridos hasta el horizonte. Pero al contrario de las aguas turbias de la desembocadura, aquellas eran lentas y diáfanas, y tenían un resplandor de metal bajo el sol despiadado. Fermina Daza tuvo la impresión de que era un delta poblado de islas de arena.
—Es lo poco que nos va quedando del río –le dijo el capitán.
Florentino Ariza, en efecto, estaba sorprendido de los cambios, y lo estaría más al día siguiente, cuando la navegación se hizo más difícil, y se dio cuenta de que el río padre de La Magdalena, uno de los grandes del mundo, era solo una ilusión de la memoria. El capitán Samaritano les explicó cómo la deforestación irracional había acabado con el río en cincuenta años: las calderas de los buques habían devorado la selva enmarañada de árboles colosales que Florentino Ariza sintió como una opresión en su primer viaje. Fermina Daza no vería los animales de sus sueños: los cazadores de pieles de las tenerías de Nueva Orleans habían exterminado los caimanes que se hacían los muertos con las fauces abiertas durante horas y horas en los barrancos de la orilla para sorprender a las mariposas, los loros con sus algarabías y los micos con sus gritos de locos se habían ido muriendo a medida que se les acababan las frondas, los manatíes de grandes tetas de madres que amamantaban a sus crías y lloraban con voces de mujer desolada en los playones eran una especie extinguida por las balas blindadas de los cazadores de placer.
El capitán Samaritano les tenía un afecto casi maternal a los manatíes, porque le parecían señoras condenadas por algún extravío de amor, y tenía por cierta la leyenda de que eran las únicas hembras sin machos en el reino animal. Siempre se opuso a que les dispararan desde la borda, como era la costumbre, a pesar de que había leyes que lo prohibían. Un cazador de Carolina del Norte, con su documentación en regla, había desobedecido sus órdenes y le había destrozado la cabeza a una madre de manatí con un disparo certero de su SpringfÍeld, y la cría había quedado enloquecida de dolor llorando a gritos sobre el cuerpo tendido. El capitán había hecho subir al huérfano para hacerse cargo de él, y dejó al cazador abandonado en el playón desierto junto al cadáver de la madre asesinada. Estuvo seis meses en la cárcel, por protestas diplomáticas, y a punto de perder su licencia de navegante, pero salió dispuesto a repetir lo hecho cuantas veces hubiera ocasión. Sin embargo, aquel había sido un episodio histórico: el manatí huérfano, que creció y vivió muchos años en el parque de animales raros de San Nicolás de las Barrancas, fue el último que se vio en el río.
-Cada vez que paso por ese playón -dijo- le ruego a Dios que aquel gringo se vuelva a embarcar en mi buque, para volver a dejarlo."

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