domingo, 1 de agosto de 2021

no me arrepiento de este amor


Hace unos veinticinco años, ávido de guía, le pregunté a Milly qué es el amor. Él tenía la boca llena de un enorme bocado de sánguche de mortadela pero alcanzó a contestar: un sentimiento. Ese año confié mucho en sus palabras, y un día me dijo de García Márquez: es un escritor comercial. No estaba comiendo nada cuando lo dijo.

Después de tanto tiempo, a las cuatro y media de cualquier mañana en cuarentena, y a punto de comer mi propio sánguche de mortadela, puedo contestar yo también, y habiéndolo verificado empíricamente: el amor es un sentimiento.

No estoy seguro, sin embargo, qué quiere decir que García Márquez es un escritor comercial, ni si lo es en verdad, ni qué implica que lo sea. Pero cuando me lo dijo aquella vez, me desanimó a leer sus libros, al punto que habiendo disfrutado tres de ellos, no me permitía admitirlo. En 2007, que es el único año del que tengo fecha certera, porque Freddy me dijo "te vas a acordar siempre del 2007 porque fue el año que pintaste la casa de Sam", fue también un año de trabajar escuchando FM La Tribu, y escuché a Ezequiel Ávalos, a quien aún no conocía, leer el primer párrafo de un libro de García Márquez, que hacía referencia a Cien años de soledad. Me sentí invitado a cuestionar el prejuicio, y en un viaje de trabajo tuve el inmenso placer de embrollarme en esa historia.

García Márquez es un escritor de la concha de la lora, como se decía en mi época para reconocer un genio desmesurado, por ejemplo. Con gran oficio nos mete en una película de época, no pasea por su universo, con su espacio y tiempo, y el tiempo lo maneja él y va y viene y lo ralenta o acelera o lo para. Es tan encantador, que me hizo leer un libro que se llama Crónica de una muerte anunciada, donde desde el título me advierte, me anuncia, que habrá una muerte, y la narra al comienzo de la historia, por lo que uno tiene conocimiento sobre un final inequívoco, pero no hay otra forma de avanzar las últimas y desesperadas páginas sin anhelar que lo que es inevitable y ya ha sido narrado no suceda.

Acabo de terminar de leer El amor en los tiempos de cólera. El final me asaltó: la malintencionada edición de RBA incluye cuatro hojas en blanco (nueve carillas que podrían haber sido un rato más de viaje). Me salió una risa más lágrimas porque soy sensible a los amores épicos y me dieron ganas de compartir con todo el mundo la alegría de García Márquez. Dejo un fragmentito no espoileante para quien no haya leído esta joya

"El amor en los tiempos de cólera¨

 "Navegaban muy despacio por un río sin orillas que se dispersaba entre playones áridos hasta el horizonte. Pero al contrario de las aguas turbias de la desembocadura, aquellas eran lentas y diáfanas, y tenían un resplandor de metal bajo el sol despiadado. Fermina Daza tuvo la impresión de que era un delta poblado de islas de arena.

—Es lo poco que nos va quedando del río –le dijo el capitán.

Florentino Ariza, en efecto, estaba sorprendido de los cambios, y lo estaría más al día siguiente, cuando la navegación se hizo más difícil, y se dio cuenta de que el río padre de La Magdalena, uno de los grandes del mundo, era solo una ilusión de la memoria. El capitán Samaritano les explicó cómo la deforestación irracional había acabado con el río en cincuenta años: las calderas de los buques habían devorado la selva enmarañada de árboles colosales que Florentino Ariza sintió como una opresión en su primer viaje. Fermina Daza no vería los animales de sus sueños: los cazadores de pieles de las tenerías de Nueva Orleans habían exterminado los caimanes que se hacían los muertos con las fauces abiertas durante horas y horas en los barrancos de la orilla para sorprender a las mariposas, los loros con sus algarabías y los micos con sus gritos de locos se habían ido muriendo a medida que se les acababan las frondas, los manatíes de grandes tetas de madres que amamantaban a sus crías y lloraban con voces de mujer desolada en los playones eran una especie extinguida por las balas blindadas de los cazadores de placer.

El capitán Samaritano les tenía un afecto casi maternal a los manatíes, porque le parecían señoras condenadas por algún extravío de amor, y tenía por cierta la leyenda de que eran las únicas hembras sin machos en el reino animal. Siempre se opuso a que les dispararan desde la borda, como era la costumbre, a pesar de que había leyes que lo prohibían. Un cazador de Carolina del Norte, con su documentación en regla, había desobedecido sus órdenes y le había destrozado la cabeza a una madre de manatí con un disparo certero de su SpringfÍeld, y la cría había quedado enloquecida de dolor llorando a gritos sobre el cuerpo tendido. El capitán había hecho subir al huérfano para hacerse cargo de él, y dejó al cazador abandonado en el playón desierto junto al cadáver de la madre asesinada. Estuvo seis meses en la cárcel, por protestas diplomáticas, y a punto de perder su licencia de navegante, pero salió dispuesto a repetir lo hecho cuantas veces hubiera ocasión. Sin embargo, aquel había sido un episodio histórico: el manatí huérfano, que creció y vivió muchos años en el parque de animales raros de San Nicolás de las Barrancas, fue el último que se vio en el río.

-Cada vez que paso por ese playón -dijo- le ruego a Dios que aquel gringo se vuelva a embarcar en mi buque, para volver a dejarlo."

domingo, 5 de agosto de 2018

de "Los Piciciegos", Fogwill

Pàg 115

"Pero pelear, pelear, en realidad, nadie sabía. El Ejército toma soldados
buenos, les enseña más o menos a tirar, a correr, a limpiar el equipo,
y con suerte les enseña a clavar bien la bayoneta, y viene la guerra y te
enteras de que se pelea de noche, con radios, radar, miras infrarrojas y
en el oscuro y que lo único que vos sabes hacer bien, que es correr, no se
puede llevar a la práctica porque atrás tuyo, los de tu propio regimiento
habían estado colocando minas a medida que avanzabas. Y las minas
son lo peor que hay.

Va la oveja. Olfatea nerviosa. Siente que hay un cristiano cerca. Se hace
la idea: “Éste me garcha, me pela la lana o me degüella para comer”.
Tiene miedo. Se hace la distraída. Camina despacito para el lado donde
va el viento... Muerde uno o dos pastitos para disimular, para que no la
noten yéndose. Pone el hocico contra el viento. Olisquea. A cien metros,
antes de oscurecer, el humano la nota que está oliendo. Come ella dos
o tres yuyos más y sigue toda disimulo hasta que de repente calcula que
ya tiene distancia y se larga a correr.
Allí en las islas, las ovejas corren más que los perros y dan saltos.
Saltan un alambrado así como así, ¡plac! Suben en el aire y saltan. Y el
humano, de lejos, mira la oveja y piensa: “¡Qué animal más boludo: lo
único que sabe es rajar!”. Y la sigue mirando un rato, por mirar algo, a
falta de otro entretenimiento mientras espera que se haga oscuro para
volver al refugio y de repente el fogonazo: ¡Pac! Sucedió que abajo de la
oveja había una mina y al rozarla ella se hizo como si el sol saliera, una
luz fuertísima. En ese momento se la ve completa todavía en el aire, a la
oveja. En el aire encoge las patas, levanta la cabeza y mira atrás retorciendo
el cuello que se vuelve como de jirafa altanera y está volando
alto en el aire ella y recién después revienta, justo cuando el humano
escucha el ruido de la mina, esa explosión que la oveja bien debe haber
oído primero. Recién entonces se empieza a deshacer la oveja: sigue la
cabeza para un lado, una pata se va para el otro, un costillar con la lana
chamuscada para el otro, y el lomo –la piel del lomo es lo que menos le
quemó el fogonazo– queda liviana sin oveja, sigue flotando por el aire
como un tapado sin dueño y tarda bastante más en volver a tocar el suelo
que los otros pedazos de la oveja carneada en seco por una mina."

Pàg. 131

"¡Mamá! No hubo pichi al que no se oyera alguna vez decir “mamá” o “mamita”. Despiertos, o dormidos, todos lo dijeron alguna vez. Uno salía al frío, sentía el golpe del frío contra la cara o en la garganta o en la espalda al respirar y le salía “mamita” o “mamá” de puro miedo al frío. Otro volvía, pasaba al calor, y le salía “mamá” de sólo pensar que al rato se le iba a ir él dolor de los huesos que le había colocado él frío. Alguno habrá pensado en la madre –o todos– pero cuando decían “mamá” o “mamita”, despiertos o dormidos, no habrían estado pensando en la propia madre de ellos. Era la palabra madre nomás. Si hubo uno –alguno habría– criado guacho, sin madre, igual se le escapaba la palabra, o andaría soñando la palabra mamá. Mamá de frío, de contento, mamá de calor, de sueño, o mamá de cansancio o de descanso grande, como cuando uno se llegaba al calor, se quitaba el gabán y le convidaban un vaso grande de Tres Plumas y medio se mamaba."

lunes, 2 de mayo de 2016

de "La biblia de neón", John Kennedy Toole

"Por la mañana el suelo estaría cubierto de pinaza, ramitas y hojas de arbustos, las cenizas se hallarían ocultas bajo una alfombra verde y los animalitos correrían frenéticos, porque el viento siempre los desquiciaba."

lunes, 2 de septiembre de 2013

de Las nubes, Juan José Saer

Pág. 16

Cuando empieza a leer el texto haciéndolo desfilar en la pantalla de la computadora, y aunque va llevándose a la boca, una a una, sin mirarlas, las cerezas, el gusto, dulce y ácido a la vez, lo hace representarse las esferitas de un rojo vivo igual que si las sensaciones táctiles y gustativas que se van produciendo en el interior de la boca, diesen un rodeo por los ojos, o por la memoria, antes de llegar al cerebro. Grandes, carnosas, frías, gloriosamente firmes y rojas, que, una vez obtenida, y aunque tantos pretendan lo contrario, por casualidad la primera, la materia se puso porque sí a multiplicar, son sin embargo, porque corre el mes de julio, las últimas del verano. Y nada asegura que, con la misma liviandad caprichosa con que salieron de la nada a la luz del día, después del invierno interminable y negro, volverán a aparecer.

miércoles, 24 de julio de 2013

de "Cartas Marcadas", Alejandro Dolina

Pág. 79

Algunos hombres tienen una extraña idea de su propio merecimiento y no se permiten aspiraciones que consideran excesivas. Se instalan en una cómoda inferioridad que no admite apuestas fuertes ni mujeres como Nadine.

Pág. 129

Un sol radiante la iluminaba y el caldero empezó a brillar. La aparición era silenciosa pero todos supieron que la mujer era sobrevolada por bandadas de pájaros cantores. Después, en una esquina, cayeron redondos a su paso todos los poetas del mundo. Un ejército de seductores empezó a seguirla y a decirle galanterías en las lenguas confundidas de la torre de Babel. Ella siguió adelante. Un hombre le salió al encuentro. Se hizo de noche y desaparecieron las muchedumbres. Los faroles se apagaron.
Ala luz de estrellas y luciérnagas ella lo besó.

Pág. 183

Al pasar frente al Automóvil Club fue interceptada por un grupo de estudiantes japoneses que 
saltaron a su alrededor dando gritos de entusiasmo. Cuando se alejaron, ella les tomó una foto que, al ser revelada, vino a mostrar unas golondrinas volando hacia el ocaso.

Pág. 263

Los ojos de ella parecían rogar una palabra bienhechora que la devolviera a la seguridad burguesa de las cosas que podían nombrarse. Pero Allen no habló ni prometió, ni nombró, ni aclaró.

Pág. 374

El ruso se metió por la ventana de la oficina de al lado. Cúneo lo persiguió. Abajo, los curiosos lanzaron una exclamación. El suicida sacó de su bolsillo un ejemplar de La última metáfora.
-Léalo y después dígame qué le ha parecido.
Cuando el ruso estiró la mano, el libro cayó al vacío tratando de volar con quinientas alas inútiles.

Pág. 448

-Póngale la firma. Las estrellas son hijas de la poesía, así como las constelaciones son fantasías de nuestra mente: no existen en realidad. Las vemos dibujadas en un cielo chato. Pero en verdad lo que parece una tela es profundo en infinito. Si usted se instalara en Rigel, la estrella coloradita que está justamente en Orión ya no podría concebir a Orión. Sus astros aparecerían desparramados como mierda de loco, o no serían visibles, o no se conectarían de manera alguna. Quiere decir que las constelaciones son puro pensamiento, puro lenguaje, puro énfasis o pura perspectiva. No se engañe, Mandeb: los hechos no existen antes de ser subrayados para salvarlos del merengue continuo de procesos y cosas que hierven en el caldero del universo. Son la realidad, pero una realidad que sólo puede describirse y fijarse nombrándola, recortándola, enmarcándola.

Pág. 529

El ruso estaba cansado y tenía sueño. Escondido tras el último rincón dudoso de la noche apareció el Tallador. Salzman corrió hacia él.
-Juguemos, maestro.. Deme cartas. Me parece que hoy va a cambiar mi suerte.
-Va a cambiar pero para peor. Su última baraja ya fue jugada.. Por un momento llegué a pensar en darle una mano ganadora. Me gustaba su estilo. Usted no se hubiera conformado con vivir la euforia del ganador. Llegado el caso hubiera deseado ser todos los jugadores de la mesa: el que estuvo a punto de llevarse el pozo, el que achicó su parada para perder poco, el que no supo esperar, el que esperó demasiado.. En resumen: usted quiere recibir todas las manos al mismo tiempo, vivir todas las vidas. El que juega de este modo siempre pierde pero no le importa, porque adivina que en el revés del naipe o en una pinta secreta que está en las 
entrañas de los cartones, el que gana pierde y el que pierde gana.
-Eso lo sabe cualquiera .dijo Salzman-, está en todos los tangos. Déjeme jugar.
-Ya no hay más cartas para usted. Ahora usted es la carta. Una figura mediocre en manos de un jugador que perderá por su culpa.
El ruso se miró y vio un garrote entre sus manos. Se había convertido en el rey de bastos.
Aplastado en dos dimensiones Salzman voló de panza sobre la carpeta hacia las manos trémulas de Pablito, que jugaba en una mesa de niños más poderosos y más grandes, que traían, ya de familia, ases machos y sietes bravos.
-¡Truco! -gritó Pablito y puso a Salzman de espaldas sobre la mesa.
El niño pudiente sentado a su derecha jugó un cinco y se hizo una escoba. El ruso quedó de muestra con su manto verde hasta que Mandeb vino a despertarlo.

de "A sus plantas rendido un león", Osvaldo Soriano

16

—Parecés un príncipe, Michel —dijo la mujer del monóculo mientras contemplaba a Quomo con una sonrisa fija, llena de arrugas y colorete. Los labios eran tan rojos y los párpados tan azules que el resto de la cara se le esfumaba detrás del lente. Lo que dijo atrajo la atención de un hombre alto y corpulento que tenía la cara como una suela de zapato. Lauri calculó que veinte años atrás había sido una mujer hermosa y terriblemente snob. Inclinaba la cabeza para mirar por el monóculo, como si realmente lo necesitara. El hombre de la cara marrón contemplaba con melancolía la llovizna del atardecer. Cada tanto, como si fuera un tic, levantaba las dos manos a la altura del pecho y se miraba los puños almidonados. Sobre un sillón estaba echado un gato ciego. Era de un gris claro y suave y tenía los ojos entrecerrados. Quomo se agachó frente a él y le tocó los bigotes. El animal se levantó y lo acarició con todo el cuerpo.
—Ah, viejo Saturno —susurró Quomo—, mi buen oráculo, no me guardes rencor. Luego le pasó la mano por la cabeza y se volvió hacia el argentino.
—Este me siguió en unas cuantas batallas, pero ya no está para esas andadas. Cuando Khomeini nos echó de Teherán fue el último en salir. Mire qué perfil.
—Ya casi no come —dijo la mujer del monóculo. Quomo le acercó, la cara y contuvo la respiración. El gato se levantó, atento como si contara las gotas de la llovizna sobre el jardín, y le acercó el hocico a una oreja.
—¿Ves, Florentine? Me dice que volveremos a vernos. Tampoco ésta será la última vez.
—¿Por qué viniste? Empezaba a olvidarte... 
Hablaba con un lejano acento eslavo y Quomo parecía a punto de soltar una lágrima.
—Qué fácil se dice eso, Florentine. Olvidar. ¿Acaso ese infeliz consiguió que me olvides?
El hombre de la cara marrón dejó de mirar a través del vidrio y se movió hacia el negro para mostrar su dignidad herida. Los movimientos eran forzados, como si repitiera una comedia de la que conocía el final. Florentine hizo un gesto imperioso con los dedos y el hombre se detuvo a mitad de camino. Lauri lo vio sacar una cigarrera de oro y lo imaginó tomando Martinis y bronceándose al borde de una piscina.
—¿En qué sueño vas a meterte ahora, Michel? —dijo ella, compungida, y puso la mano para que el hombre le colocara un cigarrillo entre los dedos. El bronceado le dio fuego y ella besó a Quomo en una mejilla.—Feliz cumpleaños —susurró, y se le achicaron loa ojos.
—¿Ves que te acordás? Con lluvia. Dónde sea, pero con lluvia...
—Ya vienen las chicas, Michel.
—No me importan las chicas. No esta vez. Quería verte. Este amigo va a acompañarme en un largo viaje, Florentine.
—¿Cómo están tus hijos?
—No sé, no he vuelto a verlos. ¿Está abierta la mesa?
—Para una sola bola.
—De acuerdo. 
Fueron detrás de la mujer, que caminaba lentamente con la espalda agobiada. Saturno subió las escaleras a los saltos, con la cola levantada. Lauri se volvió a mirar los espejos y los vastos ambientes desolados y tuvo ganas de salir de allí. El hombre de cara marrón corrió la tela que cubría la mesa e hizo girar el disco con un gesto profesional.Tenía la cara tensa y se miraba los puños de la camisa.
—¿Cuánto, Michel?
—Diez mil dólares.
—Es mucha plata.
—Si la casa no responde.
—Siempre te respondió.
—El dieciocho.
Florentine hizo un gesto y el hombre arrojó la bola. Lauri sintió que la respiración se le aceleraba. Hizo uno pasos silenciosos y se acercó mientras la bola daba los últimos saltos.
—Colorado el dieciocho —dijo el hombre con voz amarga.
Florentine se llevó la mano a la cara con un movimiento interminable y se quitó el monóculo. Tenía la mirada perdida en algún punto de la pared.
—Ojalá te dure la suerte —dijo. Hizo un gesto al hombre bronceado y éste abrió la caja fuerte. Contó una pila defrancos franceses y se los alcanzó a Lauri, que los guardó en un bolsillo del saco. Florentine caminó alrededor de la mesa y extendió un brazo, Quomo la tomó de la mano y fueron hacia la escalera. Ella recostó la cabeza sobre el hombro del negro y bajaron muy despacio, sin hablarse. Lauri se demoró un momento para tomar distancia. El otro cerró el cofre e hizo girar de nuevo el tambor de la ruleta.
—No lo envidio —dijo, y se mordió los labios
—¿Hace mucho que lo conoce?
—Viene cada dos o tres años a remover las heridas. Alguna vez pensé en matarlo,pero no vale la pena; otro se encargará de hacerlo. Trate de estar lejos, porque no van a tirarle con un simple revólver. ¿De dónde sacó la plata?
—No sé, no soy de preguntar.
Cuando volvieron al salón de los espejos los encontraron abrazados. Quomo le acariciaba los cabellos y hablaba en voz muy baja. Saturno había vuelto a su sillón.
—Ahora tengo que irme, Florentine —dijo Quomo y la acarició con dulzura. Ella esbozó una sonrisa apenada.
—Un día voy a ganarte —dijo—. Entonces vas a estar viejo y cansado y voy aponerte tres o cuatro chicas que no te dejen salir de la cama. A cierta edad el único sitio posible es una buena cama, Michel.
—Prometido —dijo Quomo. Después tomó el gato en sus brazos y lo llevó hasta la puerta.
—A veces me pregunto por qué lo sabe todo —dijo, y lo dejó en el suelo. Florentine lo besó en los labios mientras el otro hombre espiaba desde la escalera.
—Pareces un príncipe —repitió ella y cerró la puerta lentamente, como si temiera perderlo del todo.

viernes, 4 de mayo de 2012


de "Un amor para toda la vida", Sergio Bizzio. Pág. 13

(me animé a leer esta pequeña hermosa novela, venciendo la arcada y el desconcierto que genera la horrible tapa del libro)


Lalo tenía una ideíta sobre el amor... Su padre había abandonado a su madre cuando Lalo tenía 5 años. Le dijo que amaba a otra mujer y que se iba a vivir con ella a la Capital pero que vendría a verlo cada quince días. Nunca volvió. Tiempo después la madre de Lalo volvió a casarse.Le dijo a Lalo que se había enamorado de ese hombre tan bueno que solía inflarle las gomas de la bicicleta. Cuando Lalo tenía 7 años, la madre abandonó a su nuevo esposo.Se fue y dejó a Lalo con el hombre bueno. El hombre era tan bueno que, para atenuar el sufrimietno de Lalo, le dijo que su madre se había enamorado de otro, cuando en realidad había enloquecido, algo que Lalo no supo hasta mucho tiempo después. En esa ocasión creyó en lo que decía el hombre bueno: su madre se había enamorado de uno de aquellos señores de traje verde que pasaron a buscarla en ambulancia. Así que Lalo quedó solo, y al cuidado del hombre bueno, quien dos o tres meses después lo dejó para volver con su ex esposa. Lalo terminó viviendo en la casa de una tía a la que apenas había visto alguna vez, porque sus padres la odiaban. Y todo por amor.
Lo suyo más que una idea, era un tajo.
Cuando sintió (cuando supo) que estaba enamorado de Lisa, lo primero que hizo fue pensar a quién debería dejar él para irse con ella. Y nos dejó a nosotros.