de "La luz de un fósforo", Enrique Cadícamo
En todo, siempre el color
es del cristal
con que se mira.
De rosa, yo te veía,
cuando callabas,
cuando reías.
Después, con otro cristal,
cambió el color
y ya no eras...
La vida es toda ilusión
y un prisma es el corazón.
de "El hombre que calculaba", Malba Tahan
-Es conveniente ponerse en guardia, le dijo, contra los juicios
arrebatados por la pasión, porque ésta desfigura muchas veces la
verdad. Aquél que mira a través de un cristal de color, ve todos los
objetos del color de dicho cristal. Si el cristal es rojo, todo le aparece
como ensangrentado; si es amarillo, todo aparece de color de miel. la
pasión es para el hombre como un cristal ante los ojos. Si alguien nos
agrada, todo se lo alabamos y disculpamos. Si, por el contrario, nos
desagrada, todo lo interpretamos de manera desfavorable. Y
seguidamente examinó con paciencia las cuentas y descubrió en ella
varios errores que desvirtuaban los resultados.
sábado, 4 de septiembre de 2010
miércoles, 21 de julio de 2010
Les herbes folles
martes, 6 de julio de 2010
de "Los detectives salvajes", Roberto Bolaño
(dice Laura Jáuregui)
"Todo el realismo visceral era una carta de amor; el pavoneo demencial de un pájaro idiota a la luz de la luna, algo bastante vulgar y sin importancia"
"¿Ha visto usted alguna vez un documental de esos pájaros que construyen jardines, torres, zonas limpias de arbustos en donde ejecutan su danza de seducción? ¿Sabía que sólo se aparean los que construyen el mejor jardín, la mejor torre, la mejor pista, los que ejecutan la más elaborada de las danzas? ¿No ha visto usted nunca a esos pájaros ridículos que bailan hasta la extenuación para conquistar a la hembra?
Así era Arturo Belano, un pavorreal presumido y tonto. Y el realismo visceral, su agotadora danza de amor hacia mí. Pero el problema era que yo ya no lo amaba. Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético."
"Todo el realismo visceral era una carta de amor; el pavoneo demencial de un pájaro idiota a la luz de la luna, algo bastante vulgar y sin importancia"
"¿Ha visto usted alguna vez un documental de esos pájaros que construyen jardines, torres, zonas limpias de arbustos en donde ejecutan su danza de seducción? ¿Sabía que sólo se aparean los que construyen el mejor jardín, la mejor torre, la mejor pista, los que ejecutan la más elaborada de las danzas? ¿No ha visto usted nunca a esos pájaros ridículos que bailan hasta la extenuación para conquistar a la hembra?
Así era Arturo Belano, un pavorreal presumido y tonto. Y el realismo visceral, su agotadora danza de amor hacia mí. Pero el problema era que yo ya no lo amaba. Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético."
martes, 11 de mayo de 2010
de Caín, José Saramago
El señor le preguntó también a noé cómo llevaba lo de seleccionar a los animales que irían en el arca, y el patriarca dijo que buena parte ya estaba reunida y que, en cuanto la obra del arca estuviera acabada, conseguirían los que todavía faltaban. No era verdad, era, tan sólo, una pequeña parte de la verdad. Realmente tenía unos cuantos animales, de los más comunes, en un cercado instalado al otro lado del valle, poquísimos si los comparamos con el plan de recogida establecido por el señor, es decir, todos los bichos vivientes, desde el panzudo hipopótamo hasta la más insignificante pulga, sin olvidar lo que hubiese desde ahí para abajo, icluyendo los microorganismos, que también son gente. Gente, en ese amplio y generoso sentido, son también ciertos animales de los que mucho se hablan en ciertos círculos restringidos que cultivan el esoterismo, pero que nunca nadie podrá persumir de haber visto. Nos referimos, por ejemplo, al unicornio, al ave fénix, al hipogrifo, al centauro, al minotauro, al basilisco, a la quimera, a todo ese animalario desemejante y heterogéneo que no tiene más que una justificación para existir, haber sido producido por dios en una hora de extravagancia, aunque creados del mismo modo que hizo al asno ordinario, de los muchos que pueblan estas tierras. Imagínense el orgullo, el prestigio, el crédito que noé ganaría ante los ojos del señor si consiguiese convencer a uno de estos animales para que entrara en el arca, el unicornio preferentemente, suponiendo que lo lograra encontrar alguna vez. El problema del unicornio es que no se le conoce hembra, luego no hay manera de que pueda reproducirse por las vías normales de la fecundación y la gestación, aunque, bien pensado, tal vez no se necesite, pues la continuidad biológica no lo es todo, basta con que la mente humana cree y recree aquello que oscuramente profesa.
viernes, 19 de marzo de 2010
de "Siete de oro", Antonio Dal Masetto
Volví a preguntarme de dónde venía ese empecinamiento por seguir, por permanecer abierto a los acontecimientos, a esa forma de asombro que era especialmente mía, que casi no albergaba alegrías ni hallazgos y que más bien se parecía a una renuncia o a la obsesión de un loco. Era siempre esa tenacidad sin nombre que había descubierto alguna vez, esa certeza de que me estaba moviendo y viviendo para hacer algo. Existía un eje en mí, y podía verlo, ajeno a toda posibilidad de análisis, empeñado en mantenerse. Pero si trataba de mantenerlo no encontraba más que una especie de capricho arraigado en el fondo de la voluntad, como un vicio mayor. Incluso hubiera podido decir, y era casi una broma, que pese a todo yo había sido fiel. Que pese a esa incoherencia yo había respetado una línea y un camino. Este camino, como todo el resto, se asemejaba más a una abstracción que a una realidad. Si alguna vez creía reconocerlo no era porque lo abarcara, sino por lo que quedaba excluido de él. muy de tanto en tanto, ciertas mañanas, me parecía presentir que en alguna dirección, en la intensión sutil de algún movimiento, estaba mi sitio. En alguna dirección, sí, ¿pero dónde? Todo aquello, montañas, lago, silencio, Dardo, Luisa, Eva, Aldo, Javier, el vacío que me unía y me separaba de esa gente, ¿a qué exigencia secreta respondía? Me dije que si hubiese logrado hallar en mi vida un solo punto de apoyo, una sola imagen verdadera, de allí surgiría la voz cuya solidez se estrellaría el resplandor inhumano de esa luz y el silencio de esos días. Hacia la derecha, en la hondonada de casas chatas detrás del pueblo, temblaban algunas chimeneas. El humo se perdía rápido en el aire transparente. Pensé que allá dentro había tibieza, olor a sueño, cosas compartidas, voces roncas, fuego, café caliente. Pensé que tal vez lo que yo añoraba fuese una patria. Y que patria quizá significase simplemente una casa, un lugar donde estar, donde reconocerme y descansar.
martes, 16 de marzo de 2010
de "Siete de oro", Antonio Dal Masetto
Dardo y Luisa decidieron pasar la noche en la clínica. Me fui alrededor de las doce. Tomé por la picada. Antes de llegar arriba, vi un zapato junto a una piedra. Lo reconocí y lo levanté. Bajé por el sendero de lajas y vi la casa y el jardín a la luz de la luna. Estaba todo muy quieto. Sentí que se me oprimía el estómago. Entré por la ventana, prendí un farol y recorrí las habitaciones. La mesa estaba preparada, sin tocar, igual que al mediodía. En un costado, el vaso de vino que yo no había terminado, el libro. Había una silla derribada en el medio del comedor: una silla de paja con la madera sin pintar. Me quedé con el farol en la mano, espiando ese mundo en reposo. Miraba los platos y los vasos brillar en los bordes, el pan, los cubiertos, el lugar destinado a Pedro. Me sentía como quien recorre a escondidas el escenario de una crimen. Aquella quietud me hacía pensar en un gran acto de violencia, en la ruptura de un orden. tuve la impresión de que algo había golpeado de pronto el lugar, por sorpresa. Y lo que quedaba era un montón de objetos sin sentido, abandonados a sí mismos como huesos en un desierto, como si cada una de esas cosas hubiese vuelto a su estado primero, a un reino de silencio. Estas ideas me dieron frío. Sobre todo me impresionaba aquella silla, lo que aún quedaba en ella de la confusión que la había volteado, su inmovilidad que hacía pensar en un hombre quebrado. De nada hubiese servido ponerla en su lugar. La traición, aquello que en mi cabeza parecía una traición, estaba consumada. Al día siguiente, con seguridad, todo volvería a funcionar como hasta esa mañana. Y un plato volvería a ser un plato. Pero yo había visto la comida abandonada en la cocina, el zapato en el sendero, la silla caída. Había visto con qué rapidez todo aquello, objetos y sombras, paredes y muebles, incorporados a una imagen de paz, cargados de significado, había sufrido un retroceso, se habían convertido en cosas muertas. Había visto esa quietud, la esta viendo punto por punto a la luz escasa del farol, y era como un aviso.
lunes, 8 de marzo de 2010
maneras de amar a las luciérnagas

de Rayuela, Julio Cortázar
"No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio."
de El Estado y él se amaron, Daniel Durand
"Las luciérnagas son una pija en cualquier poema, cualquiera que pone luciérnaga en un poema es un quemeitor, pero esa noche del apagón de luz que duró seis días, el Once estuvo de fiesta, la policía no andaba y las putas, para que las vieran los clientes, salieron a trabajar con linternas, estaba re bueno, y así te llamaban, haciendo pestañear unas linternas pequeñas de colores, yo iba caminando para Once por La Rioja el jueves como a las dos de la mañana y veía para adelante un montón de linternas pestañeando: las putas de este barrio, luciérnagas de febrero."
sábado, 30 de enero de 2010
de "Glosa", Juan José Sáer. Pág. 147
Durante unos segundos, se quedan los tres inmóviles –inmóviles, si se quiere, ¿no?, y si se dejan de lado, y cabe preguntarse por qué, la cohesión, si puede usarse la palabra de, como parece que les dicen, los átomos, la, si no se presenta objeciones, actividad celular o la así llamada circulación de la sangre, el pretendido trabajo muscular, las perturbaciones magnéticas del aire que los rodea, el flujo continuo de la luz, la deriva imperceptible de los continentes, la rotación y traslación, como les dicen, terrestres, la, a estar con los diarios, fuerza gravitatoria general, sin olvidar, si se toman en cuenta las últimas ocurrencias de las revistas especializadas, la expansión o, según se mire, la retracción del así llamado universo, en fin, inmóviles, si aceptamos, ya que estamos aquí para eso, la palabra, inaceptable desde luego por más vueltas que se den, ya que, pensándolo bien, lo inmóvil vendría a ser, más bien, un torbellino, una estampida fija, en su lugar; inmóviles, decíamos, entonces, ¿no?, o decía mejor, un servidor –en una palabra, o en dos más vale, para que quede claro: todo eso.
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