viernes, 19 de marzo de 2010

de "Siete de oro", Antonio Dal Masetto

Volví a preguntarme de dónde venía ese empecinamiento por seguir, por permanecer abierto a los acontecimientos, a esa forma de asombro que era especialmente mía, que casi no albergaba alegrías ni hallazgos y que más bien se parecía a una renuncia o a la obsesión de un loco. Era siempre esa tenacidad sin nombre que había descubierto alguna vez, esa certeza de que me estaba moviendo y viviendo para hacer algo. Existía un eje en mí, y podía verlo, ajeno a toda posibilidad de análisis, empeñado en mantenerse. Pero si trataba de mantenerlo no encontraba más que una especie de capricho arraigado en el fondo de la voluntad, como un vicio mayor. Incluso hubiera podido decir, y era casi una broma, que pese a todo yo había sido fiel. Que pese a esa incoherencia yo había respetado una línea y un camino. Este camino, como todo el resto, se asemejaba más a una abstracción que a una realidad. Si alguna vez creía reconocerlo no era porque lo abarcara, sino por lo que quedaba excluido de él. muy de tanto en tanto, ciertas mañanas, me parecía presentir que en alguna dirección, en la intensión sutil de algún movimiento, estaba mi sitio. En alguna dirección, sí, ¿pero dónde? Todo aquello, montañas, lago, silencio, Dardo, Luisa, Eva, Aldo, Javier, el vacío que me unía y me separaba de esa gente, ¿a qué exigencia secreta respondía? Me dije que si hubiese logrado hallar en mi vida un solo punto de apoyo, una sola imagen verdadera, de allí surgiría la voz cuya solidez se estrellaría el resplandor inhumano de esa luz y el silencio de esos días. Hacia la derecha, en la hondonada de casas chatas detrás del pueblo, temblaban algunas chimeneas. El humo se perdía rápido en el aire transparente. Pensé que allá dentro había tibieza, olor a sueño, cosas compartidas, voces roncas, fuego, café caliente. Pensé que tal vez lo que yo añoraba fuese una patria. Y que patria quizá significase simplemente una casa, un lugar donde estar, donde reconocerme y descansar.

martes, 16 de marzo de 2010

de "Siete de oro", Antonio Dal Masetto

Dardo y Luisa decidieron pasar la noche en la clínica. Me fui alrededor de las doce. Tomé por la picada. Antes de llegar arriba, vi un zapato junto a una piedra. Lo reconocí y lo levanté. Bajé por el sendero de lajas y vi la casa y el jardín a la luz de la luna. Estaba todo muy quieto. Sentí que se me oprimía el estómago. Entré por la ventana, prendí un farol y recorrí las habitaciones. La mesa estaba preparada, sin tocar, igual que al mediodía. En un costado, el vaso de vino que yo no había terminado, el libro. Había una silla derribada en el medio del comedor: una silla de paja con la madera sin pintar. Me quedé con el farol en la mano, espiando ese mundo en reposo. Miraba los platos y los vasos brillar en los bordes, el pan, los cubiertos, el lugar destinado a Pedro. Me sentía como quien recorre a escondidas el escenario de una crimen. Aquella quietud me hacía pensar en un gran acto de violencia, en la ruptura de un orden. tuve la impresión de que algo había golpeado de pronto el lugar, por sorpresa. Y lo que quedaba era un montón de objetos sin sentido, abandonados a sí mismos como huesos en un desierto, como si cada una de esas cosas hubiese vuelto a su estado primero, a un reino de silencio. Estas ideas me dieron frío. Sobre todo me impresionaba aquella silla, lo que aún quedaba en ella de la confusión que la había volteado, su inmovilidad que hacía pensar en un hombre quebrado. De nada hubiese servido ponerla en su lugar. La traición, aquello que en mi cabeza parecía una traición, estaba consumada. Al día siguiente, con seguridad, todo volvería a funcionar como hasta esa mañana. Y un plato volvería a ser un plato. Pero yo había visto la comida abandonada en la cocina, el zapato en el sendero, la silla caída. Había visto con qué rapidez todo aquello, objetos y sombras, paredes y muebles, incorporados a una imagen de paz, cargados de significado, había sufrido un retroceso, se habían convertido en cosas muertas. Había visto esa quietud, la esta viendo punto por punto a la luz escasa del farol, y era como un aviso.

lunes, 8 de marzo de 2010

maneras de amar a las luciérnagas


de Rayuela, Julio Cortázar

"No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de luz debe sentir como una cosquilla de privilegio."

de El Estado y él se amaron, Daniel Durand

"Las luciérnagas son una pija en cualquier poema, cualquiera que pone luciérnaga en un poema es un quemeitor, pero esa noche del apagón de luz que duró seis días, el Once estuvo de fiesta, la policía no andaba y las putas, para que las vieran los clientes, salieron a trabajar con linternas, estaba re bueno, y así te llamaban, haciendo pestañear unas linternas pequeñas de colores, yo iba caminando para Once por La Rioja el jueves como a las dos de la mañana y veía para adelante un montón de linternas pestañeando: las putas de este barrio, luciérnagas de febrero."